Día 100: ¿Qué es la felicidad?

Hoy es nuestro último día en el pueblo de Tiantou. He quedado nuevamente con Sarah para ir al punto escénico Música del Paraíso, pero esta vez para ver la salida del sol.

Hemos quedado un poco justas de tiempo, pero sé que llegaremos a tiempo. Conocemos estos caminos como la palma de nuestra mano. Subimos con linternas cuidando bien dónde ponemos el pié. Parece que con el sol escondido no deberíamos sudar, pero yo lo hago, como siempre. Nuevamente no somos las únicas que hemos tenido esta genial idea, pero nuevamente somos las más altas, guapas y listas del lugar.

El sol sale tímidamente desde detrás de una de las montañas. La verdad es que vemos como va cambiando de posición el sol mucho más rápidamente de lo que yo esperaba. No soy consciente hasta este momento de cómo la tierra va rotando sobre su eje de forma continua. Así que de hecho, puede decirse que somos unos viajeros empedernidos desde el mismo momento en el que venimos al mundo, sólo que no somos conscientes de cómo nos movemos.

Cuando creemos que ya hemos hecho las 1000+1 fotos que faltaban en nuestra cámara, desandamos el camino hasta nuestros respectivos hostales.

Cuando llego al hostal el porteador que vino el primer día ya está esperando en la puerta. Sabe que nos vamos hoy porque lo preguntó nada más llegar. Pero la hora es una incógnita.

Desayunamos con calma y hacemos la maleta con más calma aún.  Bajamos a la terraza del hostal a contemplar el paisaje por última vez. Las idas y venidas de los diferentes grupos y lugareños desde este punto han entretenido a M. Se sabe todo de memoria. Dice que se lo ha pasado pipa.

Cuando bajamos nuestras maletas, oímos al gatito maullar. Parece que nuestro no-héroe-salvador ha querido despedirse de nosotras. Le pregunto a una miembro del staff qué dónde lo tienen retenido..digo escondido… y me señala con la cabeza el ático del edificio. Ainssss no me atrevo a romper la privacidad de ese espacio, así que no me podré despedir de él.

Sarah viene al poco tiempo. Mi porteador se enfunda mi mochila a la espalda y iniciamos el camino de regreso.

Hemos llegado al parking más de una hora antes. Allí nos juntamos con las mujeres Yao que esperan la llegada de nuevos viajeros para ofrecerles suvenires y el servicio de porta equipaje. la furgoneta con la que volvemos es la misma con la que nos vamos.

En la espera conocemos a dos madrileñas,  Lidia y Susana, son hermanas, pero eso no hace falta que nos lo juren, se parecen muchísimo. Han hecho también una pequeña ruta desde Beijing y compartimos impresiones en el camino hasta que el cansancio acumulado hace mella y les libro de mi verborrea imparable.

Llegamos sobre las 14h a Guilin. Los caminos se separan y nuevamente toca despedirse. Son siempre momentos difíciles para mí.

Yo tengo el hambre de un segador recién acabada su jornada. Hemos vuelto al mismo hostal en el que estuvimos ya que dejamos la maleta. La otra vez, cuando volvían de intentar comprar los billetes de tren, descubrí que en la misma calle teníamos un restaurante español. Hoy hace 100 días que salí de Barcelona, así que toca celebrarlo con una tortilla de patata!

En cuanto entramos al restaurante eso ya respira algo de español. Hay un grupo de españoles bien grande ocupando la mitad del restaurante y el camarero, que es chino, nos habla en un español más que apañado.

Al poco de sentarnos sale el propietario del restaurante a saludarnos. Le interesa saber cómo hemos sabido de su existencia. Le indico que casualmente nos hemos alojado en la misma calle que está él. Comemos ensalada, tortilla de patatas y pechuga. La frase que da título a esta entrada, es lo que ha soltado por la boca M en cuanto ha acabado su comida. Y ¡sí! con qué poquito te conformas cuando estas fuera de tu casa tantos días. La verdad es que ha sido absolutamente genial celebrarlo de esta forma y hemos salido del restaurante con una sonrisa de oreja a oreja.

Después de tamaño festín y pese al madrugón que me he dado esta mañana, me contengo de dormir y me dedico a ponerme al día con algunas entradas atrasadas.

Esperamos a que caiga la noche para salir a pasear. Queremos ver las pagodas iluminadas (Pagoda del Sol y Pagoda de la Luna). Pero cuando estamos en el centro del parque empieza a diluviar de golpe. Acabamos refugiadas bajo unos juncos altos esperando que pare tan de golpe como ha empezado, pero cuando estos no aguantan más la lluvia, hemos de salir hacía otro refugio. Yo he salido con las chancletas y me resbalo que es una pasada. Me maldigo con todas las fuerzas porque nunca suelo hacerlo, pero la verdad es que toda mi concentración está en evitar pegarme el tortazo del siglo, más que en castigarme por mi torpeza.

Por suerte, para a ratitos y estamos bien orientadas para regresar al hostal. Después de llegar mojadas como polluelos y de tomar una ducha, M me dice nuevamente sonriendo: “¿Qué es la felicidad?”.

Con tanta alteración me he quedado muy despejada, así que aprovecho y subo algunas entradas y me voy a dormir…no tan pronto como debiera, considerando que llevo días sin dormir lo suficiente y haciendo ejercicio físico.