Día 21: El horror del holocausto

Hoy toca salir de la ciudad. Vamos a el cementerio más grande del mundo: Auswitch. Las visitas preparadas abundan por la ciudad, pero hemos decidido hacerlo a lo español…por nuestra cuenta.

Desayunamos de camino a la estación de autobús  Y ¡vaya desayuno! Cuando lo acabamos nos sentimos como auténticos segadores que están ya preparados para segar el campo. Aún no lo sabemos, pero pasaran horas hasta que volvamos a comer algo.

En la estación de autobuses cogemos por 14 PLN por cabeza por trayecto un mini bus que nos deja en el Museo de Auswitch (el conocido como Auswitch I). El trayecto dura aproximadamente una hora y media y de 20 asientos que hay, debemos ser unos 12 españoles.

Una vez allí, compramos la entrada (40 PLN p.p). Nos dicen que hemos de juntarnos a un grupo, que la visita no puede hacerse por libre. El grupo en español es a las 12h. Aún queda hora y cuarto hasta la hora, así que aprovechamos para ver un filme sobre el campo que tiene una duración de 15 minutos. Aunque el filme está muy centrado en el momento de la liberación, ver el estado en el que encontraron a los prisioneros y las explicaciones que dan sobre las torturas que recibieron, se hace difícil por momentos. A la salida conversamos con una francesa que vive en Perpignan que está deseosa por hablar en Español. Es simpática y ríe mucho. Conversamos con ella hasta que llega la hora. Su conversación nos distrae la mente de lo que hemos visto y de lo que posiblemente vamos a ver.

Ayer nos mentalizamos mucho que lo de hoy era algo que no nos iba a gustar, que lo íbamos a sufrir. Pero que teníamos que verlo. Ayer antes de dormir, leí una y otra vez el apartado de la guía que me decía lo qué veríamos, supongo que quería tener la mente preparada para ello. Pero no sirvió de nada.

Son las 12h. Los españoles somos el grupo más numeroso: posiblemente eramos entre 150 y 200. Nos dicen que en verano es muchísimo peor.

Auschwitz-Birkenau fue un complejo formado por diversos campos de concentración. Fue el mayor de todos, debido a su situación estratégica. Hasta allí podían trasladar a judíos, gitanos y cualquier otra persona objetivo de la estricta política racial nazi , desde cualquier parte de Europa con extrema facilidad. Allí murieron cerca de 1.3 millones de personas. Operado bajo la dirección de Heinrich Himmler, el oficial SS-Obersturmbannführer Rudolf Höß fue su director hasta el verano de 1943 siendo reemplazado por Arthur Liebehenschel y Richard Baer. Höß capturado por los aliados, daría testimonio en los Procesos de Núremberg antes de ser procesado y condenado a muerte por ahorcamiento en 1947 delante del crematorio de Auschwitz I (podemos ver la horca en el que lo ejecutaron). Liebehenschel fue también juzgado por un tribunal polaco y ejecutado en 1948. Baer logró evadirse y vivir bajo una identidad falsa en Baviera hasta que fue reconocido y arrestado, muriendo poco antes de su proceso en 1960. El campo en 1979 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

La visita empieza por Auswith I cuyo lema en la puerta “Arbeit macht frei ” ( el trabajo libera), recibía a los miles de prisioneros. Éstos, engañados, eran trasladados hasta allí con la promesa de trabajar.

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Este primer campo consta de diversos barracones de ladrillo. Actualmente, el museo está formado por fotografías, reconstrucción de salas como dormitorios y la cárcel . Las explicaciones que nuestro guía, Mario, nos va dando, en el contexto en el que nos encontramos, nos muestran el horror vivido. Cárceles donde debían permanecer de pié, el muro de las ejecuciones, la historia del padre Kolbe, que dió su vida por un prisionero al que iban a ajusticiar.

Mario nos explica el día a día de los prisioneros. Hay expuestos en algunas salas el material que se les confiscaba al ingresar: cepillos, zapatos, brochas de afeitar, los enseres para realizar sus oficios,.. Impresiona la sala donde hay  toneladas de pelo que les cortaban a las mujeres y con el que hacían alfombras y material de abrigo para el ejercito.

Muchos de los objetos que se encuentran expuestos son supervivientes de los barracones llamados “Canadá” (por entonces el país más rico del mundo), que fueron quemados en cuanto se recibió la orden desde Berlín.

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En uno de los barracones de ladrillo están las paredes repletas de fotografías de prisioneros del campo. A un lado las mujeres, a otro los hombres. Evito mirarlos. Pero al final justo al lado de una de las puertas que pasamos, no puedo  evitarlo. He visto por la rabadilla lo que parecen dos fotos iguales: son dos hermanas gemelas. Los datos de nacimiento lo confirman. Los gemelos eran usados para experimentos. Los analizaban por fuera y luego por dentro, cuando los mataban. No puedo evitar pensar que ese hubiera sido mi destino y el de mi hermana, si no hubiéramos nacido en los 70 y en un país como España. Ahora que ya he dado el primer paso, me fijo. Todos los prisioneros tienen la fecha de nacimiento, la de deportación y la de defunción. La esperanza de vida era de entre 1 y 5 meses.

Conocemos la desgraciada historia de las prisioneros. Vemos cómo vivían, cómo trabajaban. Conocemos las mil maneras que tenían de morir.

La visita al campo dura aproximadamente 2 horas y cuarto. Hemos estado sorprendentemente en silencio para una cultura como la nuestra. El horror de imaginar lo que nos explican de palabra es tanto, que no hay otra opción que callar.

Sin apenas pausa cogemos un autobús que nos llevará a Auswitch II, el segundo campo del complejo y el mayor de todos. La visita a este campo es libre, pero nosotros la continuamos con Mario. Sirve de poco hacer la visita sin guía. Tienen razón en obligarte a a contratarlo en el museo.

Hasta aquí llegaban directamente en tren y de noche los supervivientes de viajes de hasta 10 días en los que no tenían comida ni agua. Muchos de los prisioneros morian por el camino. Era un primer filtro. Allí en ocasiones iban a los barracones dónde esperaban su turno para entrar a los crematorios. Les decían que iban a las duchas y luego se les asignaría un trabajo. Los crematorios eran señalados como las fábricas donde trabajarian. Unos 700 prisioneros, los sonderkommando, esperaban al final de la vía para ayudar a sus semejantes a despojarse de sus bienes preciados, a engañarles sobre el horror que les esperaba, a darles esperanza. Estos prisioneros estaban limpios y estaban alimentados. Les llamaban los portadores del secreto y para que no lo explicaran al resto, vivían aparte.

En ocasiones el final de la vía del tren, era el final de todas sus vidas. En los días más afortunados, se seleccionaba allí mismo los aptos y los no aptos para trabajar. Los de destino especial, eran llevados a las duchas dónde morían fruto del gas. Los crematorios funcionaban día tras día, 24 horas, en continuidad. Los que eran aptos  para trabajar entraban en cuarentena y se les asignaba una tarea.

Aquí los barracones se conservan originales. Son de madera. Los de Auswitch I eran un lujo comparados con esto. Hoy hace un frío espectacular. La nieve de ayer ha dejado huella. Así que no puedo dejar de pensar en los prisioneros que con un mísero pijama de rayas y con el único refugio de una barraca de tablones, mal alimentados y víctimas de mil enfermedades eran obligados a trabajar 10 h en verano y 9 en invierno, día tras día. El frío era letal.

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Se conservan las letrinas. Tenían derecho a usarlas 2 veces al día. La profesión más valorada, la de limpiadores de las mismas. La razón: allí no entraban nunca soldados alemanes.

Vemos los restos de los crematorios, que fueron bomboardeados por los alemanes en cuanto se vieron ocupados. En el Museo nos han enseñado la maqueta de lo que fue. Ahora vemos el testigo.

Miles de judíos vienen hasta aquí para rezar y recogerse. Nos los cruzamos continuamente mientras realizan sus cantos.

Esta segunda visita ha durado cerca de hora y media. Impresiona mucho más que Auswitch I.

Volvemos al Museo en el mismo autobús que nos ha traído aquí. Una vez allí, buscamos el puesto de autobús para volver. Cuando pasa va medio lleno, y los españoles lo acabamos de llenar. Nos toca ir de pie todo el trayecto de vuelta, pero después de lo que hemos visto poco podemos quejarnos.

Llegamos al hostal y nos hacemos una sopa calentita. Son las 19h y no hemos parado ni para comer. Lejos queda el desayuno de la mañana. El día ha sido largo, lleno de carga emocional y nos ha hecho mucho frío.

Meterse en la cama es hoy un acto diferente. Reflexiono sobre lo que he visto, sobre si recomendaría visitar el campo o no. La respuesta es . Es más, debería ser obligatorio. Un lema del español George Santayana, en el barracón 4 de Auswitch I reza: “aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo”.

Si alguien piensa que está visita al campo, ahora repleto de grupos de turistas, ha perdido el contexto de su realidad, se equivoca. No es que impresione, es que no existe sentimiento, ni emoción alguna para describir las sensaciones que te  producirá ver el resultado de la crueldad, criminalidad y falta de humanidad del llamado ser humano. Es imposible reproducir todo lo que nos han explicado, lo que hemos visto. Tengo claro que a partir de ahora ningún libro, ni ninguna película, ambientada en el holocausto que pueda leer o ver, será lo mismo.

No he hecho demasiadas fotografías para lo que suelo hacer, aún así han quedado un buen puñado, que dejo aquí. No he querido dejarlas en la galería de Cracovia. Seguramente hay gente que no las quiera ver.