Día 51: Nizhny Novgorod

Hoy toca madrugar y volver a cerrar una vez más la maleta. No llevo la cuenta de las veces que lo he hecho, pero ya son unas cuantas veces.  Las verdad es que no me cuesta ya nada deshacerla y volverla a hacer. Lo llevo todo en bolsas Pack-it y la verdad es que ha sido una de las mejores ideas al hacer la maleta: una bolsa para la ropa interior, otra para los pantalones, otra para las camisetas y otra más pequeña para cables de los trastos diversos que llevo conmigo. El resto de la mochila va lleno de enseres varios.

Bajamos a desayunar a las 6 y media y lejos de ser las primeras de la cola, el comedor ya tiene a sus primeros clientes Nos ponemos las botas en el poco tiempo que podemos dedicarle al primer manjar del día. El café de aquí es el mejor que he tenido desde que salí de Barcelona y no quiero pasar la oportunidad de saborearlo un día más.

Nuevamente vamos en taxi a la estación, porque 150 rublos es nada para no tener que cargar las maletas.

Allí el panel anuncia pocos trenes, 2 en particular para cuando llegamos, pero ninguno es el nuestro. Yo me paseo por la estación para ver si localizo algún que otro posible cartel, pero no tengo suerte. Soy muy impaciente y me podría haber ahorrado el paseo si hubiera esperado unos minutos más: ya tenemos nuestro tren anunciado. Al lado de nuestro código de tren hay dos números, el 3 y el 2. Así que cuando paso el control, he de preguntar a la taquillera a qué plataforma debemos ir. Me hago entender y ésta después de hacerse un lío con sus propios dedos, consigue levantar los tres centrales con su mano derecha, mientras pronuncia la palabra три (el #3) que suena a [tri]. ¡Así que lo tengo claro!

Una vez llego a la plataforma averiguó qué es el 2 que salía al lado del 3. El 2 obedece a que las plataformas dan número a los dos lados de la misma, con lo que la sección 2 es sólo la mitad del andén 3.

Esperamos con paciencia la llegada de nuestro tren.  Sólo para 2 minutos en la estación y en ese tiempo hemos de localizar nuestro vagón y subir a él. Ayer pasé un buen rato descifrando todos los datos del billete. No me fue fácil porque aunque en la guía viene una miniatura que me ayudó en lo principal, a mi me aparecen datos que no me indicaban. Me costó localizar, en particular, los números de asientos asignados. Aunque después de traducir prácticamente cualquier palabra que veía escrita acabé encontrándolos en el jeroglífico de caracteres que era el billete.

Siempre se pasan nervios cuando esperas un tren. Sobretodo porque en megafonía no paran de anunciar mensajes de los que no entendemos ni papa. Por suerte consigo mirar por encima del hombro, algo difícil con  mi altura de metro y medio, a la señora que se ha sentado a nuestro lado. Alcanzo a ver la misma codificación de tren que la nuestra en su billete, así que nos quedamos junto a ella a la espera de que no haga cualquier movimiento migratorio hacia otro lugar.

Otra vez, hemos cogido un tren de alta velocidad. Esta vez sin darnos cuenta. La verdad es que, nos movemos más por los horarios convenientes  de cada opción, más que por cualquier otro motivo. El viaje es cómodo y rápido.

En poco más de dos horas llegamos a la antigua llamada Gorky en honor al escritor, Máximo Gorki, nacido aquí. La ciudad es la quinta ciudad en tamaño de toda Rusia y estuvo cerrada al turismo buena parte de la era soviética, hasta 1990.  Ese mismo año la ciudad volvió a su nombre original: Nizhni Nóvgorod que en su traducción al castellano equivale a Villa nueva de Arriba.

Por lo que parece es una de las ciudades más culturales de toda Rusia y la UNESCO la considera una de las 100 ciudades que representa el valor histórico y cultural del mundo.

Desde la estación al hotel hay un buen trecho pero se me olvidó mirar cómo llegar al mismo. Tengo una foto en el móvil con la dirección del hotel en ruso. Así que es fácil encontrar un taxista que nos lleve. El precio de la estación al centro de la ciudad son 400 rublos.

Por suerte podemos dejar ya las cosas en la habitación. Yo lo primero que hago es comprar el billete de tren de Ekaterinburgo a Irkutsch. Me costó entender la correlación de los errores que tenía en la web de ferrocarriles rusos, pero por lo que parece, sólo podemos tener 3 billetes comprados por anticipado con nuestros pasaportes, y por tanto hasta que no hemos realizado el viaje de hoy, no he liberado el poder comprar un billete más. Nos queda aún un trayecto por comprar y es el más complicado de todos. Porque corresponde a la salida de Rusia y entrada en Mongolia, y para conseguir cumplir con las fechas de los visados, no tenemos muchas alternativas (bueno el bus siempre es un plan B). Pero en este caso el error que me da es otro muy diferente, y seguramente acabaré pidiendo que me lo gestionen desde el hostal que tenemos en el lago Baikal.

Comprado el billete que tocaba, salimos a ver la ciudad.

Llegamos en un cómodo paseo hasta el kremlin de la ciudad. Está situado en una colina cerca del río y sus 12 murallas llaman enseguida la atención. Dentro del mismo está el Museo  Bélico al aire libre. Pueden verse tanques, aviones, camiones y diferentes armas de fuego de la Guerra. No nos adentramos en el Kremlin más que lo necesario para ver el museo.

Yo tengo ya el desayuno en los pies y no había sentido hambre en muchísimos días. Cerca del Kremlin empieza una calle peatonal de las dos que tiene la ciudad. La hemos visto por el rabillo del ojo mientras cruzábamos la calle y pensamos que allí encontraremos algún sitio para comer. Acabamos recorriendo el kilómetro entero de la calle Bolshaya Pokrovskaya, porque está muy animada y el paseo es super agradable: músicos callejeros, caballos y ponis para pasear a los niños, oradores (aunque no sabemos con certeza de qué) y multitud de estatuas de bronce nos acompañan por el paseo. Me resisto a comprar uno de los deliciosos helados que venden en la zona. Quiero dejarlo para después de comer (aunque luego sé que no me apetecerá).

Después de acabar malcomiendo un bocata, decidimos bajar hacia el río. Aquí es donde vemos la ciudad de los contrastes. Lejos de las calles peatonales y totalmente moscovitas que hemos visto, vemos una ciudad con casas-chabolas, multitud de edificios cerrados y abandonados, calles anchas y sucias. Y entre medio de esto, catedrales con cúpulas muy doradas. Cúpulas  que por otro lado destacan en el horizonte y nos atraen como la miel atrae a las moscas.  Acabamos desistiendo de llegar al río. Hemos subestimado el tamaño de la ciudad y sobre valorado la escala de nuestro mapa.

Desandamos el camino tratando de seguir los mismos pasos que nos han llevado a dónde estamos. No lo conseguimos y acabábamos un buen rato pérdidas en la inmensidad de las avenidas, que no podemos cruzar, y dando mil vueltas por los mismos 500 metros cuadrados todo el rato.

Por fin nos orientamos y de hecho estamos a un par de calles del hotel. Estamos agotadas y no hemos visto casi nada. Pero llevamos demasiadas horas de pie y caminando cerca de 6 horas. Así que volvemos al hotel a tomar algo y pedir que nos impriman algunos de los billetes que no hemos impreso antes.