Día 59: llegada a Irkutsk y camino a Oljón.

Casi no hemos dormido esta noche. Nuestras bruj…. digo…compañeras de compartimento estuvieron hasta las tantas con el ordenador y la luz encendida. Si a eso le sumamos el hecho de que, llegamos a nuestro destino poco más tarde de las nueve de la mañana y hay que asearse primero, pues al final hemos dormido poco.

No escatimamos el ruido que necesitamos hacer. Tampoco es que vayamos con el bombo y el platillo tocando “España Cañí” pero hacemos las maletas y lo que necesitamos hacer sin preocuparnos que abajo tengamos a gente durmiendo.

Esperamos en el pasillo viendo el paisaje. Una de las provodnitsa nos trae nuevamente la bolsita de papel marrón con lo que serían los cubiertos de nuestra comida (que no vamos a terner), café, té y un barquillo de chocolate. Lo hace haciendo un gesto con la cabeza hacia el interior del compartimento y mascullando algo en ruso que no entendemos. Aunque lo que nos parece entender por su lenguaje corporal, es que nos lo trae en plan compensatorio por las compañeras que nos han tocado, ya que esta es la misma que ayer llamó la atención a la pareja.

Al poco rato se confirma lo que pensábamos  somos las únicas viajeras que reciben desayuno y además lo hacen en platos de loza: un huevo revuelto, pepino, tomate y algo parecido a la mortadela que junto a la galleta, incluida en el paquete anterior, nos saben a gloria bendita a esas horas de la mañana. Nuestra felicidad ya era mayúscula con la galleta que contenía la bolsa, así que yo he gritado de alegría en cuanto he visto tan flamante manjar.

La verdad es que nos ha insistido mucho, con gestos, en que comamos en el camarote, en nuestra mesa. Pero nosotras le hemos indicado con una sonrisa (que no es de alegria) que no, que mejor nos quedamos en el pasillo. Ella ha abierto de golpe el compartimento y frente a los ojos de las tres han aparecido las dos “bellas” durmientes. Es una lástima que no se hayan despertado en ese momento, porque seguro que hubieran flipado con la estampa.

Devolvemos los platos de loza a la otra provodnitsa. Es la misma que cuando bajemos del tren, nos preguntará si vamos al lado Baikal y nos indicará con la mano el camino de salida de la estación.

La verdad es que todas ellas se han portado muy bien con nosotras y el viaje, pese a las dificultades, ha sido relajado y divertido. Nos hemos divertido mucho con los niños y la gente de nuestro vagón en mayor o menor medida nos ha ofrecido algunas palabras o sonrisas amables. Hemos leído como dos posesas. Yo, un libro y medio.

Nos vamos sin despedirnos de la pareja. No sea que se piensen echaremos de menos su compañía.

Tenemos 40 minutos para ir al punto de recogida del autobús que nos llevará en 6 horas a la Isla de Oljón, la mayor isla del Lago Baikal.

El punto de encuentro es un hotel que se encuentra a escasos metros de la estación. Sólo hay que llegar cruzando el puente y algunas calles más, pero los ríos en Rusia no son precisamente estrechos, llevamos maletas y el tiempo justo, así que negocio un taxi que sé, a ciencia cierta, resulta caro para el trayecto. Hace un aire helador y el autobús aunque ha llegado puntual, no lo hemos visto hasta que nos han llamado para advertirnos que nos esperaban.

Cuando llegamos solo quedan dos asientos libres, y aunque no son los mejores, tenemos peores experiencias que nos hacen ver como positivo el hecho de tener almenos un asiento donde apoyar el culo.

La furgoneta hace una pequeña parada a las 3 horas de haber salido. Es en una gasolinera con un baño de esos que dan miedo. La verdad es que he visto cosas mucho peores que eso, pero aún así, si no hay irremediables ganas pues no hace falta entrar.

Compramos una especie de bollo relleno de…¿arroz y carne?…

Cuando llegamos a orillas del lago cambiamos la furgoneta por un pequeño barco. Allí cobran a los turistas 300 rublos más por un trayecto de 5 minutos. Al otro lado, nos espera una nueva furgoneta, que acabará dejándonos en nuestro destino.

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Viajamos durante todo el trayecto con una Irlandesa, 4 rusos, un belga, una eslovaca y tres alemanes. Casi parece esto un chiste con tantas nacionalidades en tan poco espacio. Todos vamos a la villa de Kuzhir, la capital administrativa de la Isla de Oljón, en el Lago Baikal. Aunque ninguno de nosotros se hospeda en el mismo hostal, con lo que la furgonetilla nos va dejando uno detrás de otro en nuestros respectivos emplazamientos. Nosotras somos las últimas en abandonar el vehículo. Nuestro hotel se encuentra a la otra parte de la colina. Un poco alejado del centro urbano, aunque por contra estamos casi a las orillas del Baikal con lo que las vistas son fabulosas y si agudizo el oído puedo oír…el silencio.

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A nuestra llegada Ira y su hermana nos esperan. Sólo hablan ruso, pero enseguida me lanzan sus preguntas: qué edad tiene M, que si queremos comer y que si queremos excursiones. La primera pregunta es fácil de contestar: les enseño su pasaporte. El resto de preguntas se contestan cuando les hago el gesto de dormir juntando las palmas de mi mano bajo mi oreja. Lo entienden rápido. No me preguntéis cómo las entendemos pero con Ira y , sobretodo su hermana, acabaremos teniendo unas conversaciones, en los próximos días, de lo más surrealistas posibles entre señas, dibujos y palabras.

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Estamos agotadas de verdad. Entre la noche corta que hemos tenido y el largo trayecto yo no consigo pensar con claridad, así que caemos rendidas en una buena siesta.

No recuerdo bien que acabamos haciendo ese día, a parte de tomar un té, aunque sí recuerdo que en la tarde de nuestro primer día conocemos a Kristen (no estoy segura de que esté bien escrito), una alemana que habla un muy buen español y que también se aloja en el hotel.

Por la noche conozco a  Thibaut el compañero de viaje de Kristen y acabamos teniendo una agradable conversación los tres hasta que se hace bien entrada la noche.

Yo sé que hay muchas y además son demasiado parecidas unas de otras, pero no os perdáis el paisaje tan espectacular que nos dejan la Isla de Oljón y el Baikal en la galería.