Día 64: Circumbaikal, rodeando el Baikal

No he dormido en toda la noche. Debo haberme despertado cada 30 ó 45 minutos a mirar la hora. Eso es lo que me pasa cuando he de madrugar para movernos. Apuro el tiempo de salida sabiendo que estamos a pocos minutos de la estación. M está nerviosa y al final me lo ha contagiado.  No nos ayuda ver que está goteando.

El trayecto hasta Ulan Ude realiza la ruta del circumbaikal, es decir rodea el Baikal a pocos metros del lago. Podríamos haber salido ayer por la noche a nuestro destino, pero preferí aprovechar las horas diurnas para ver las vistas del lago.

De lejos, el tren que cogemos es de lo mejorcito que hemos tenido hasta ahora. Se trata además del tren número 2 el célebre Rossiya. Está nuevo y super limpio. El camarote, que tenemos para nosotras, tiene incluso televisor. Aunque estamos muy bien, no puedo dejar de pensar en el mareo que tendríamos si en lugar de un viaje de 7 horas tuviéramos ese tren para un viaje largo, compartiéramos el compartimento con rusos y tuvieran todo el día la tele encendida. Brrrrr.

El paisaje es bellísimo y ni nos hemos molestado en hacer las camas. Pasamos el rato además de admirando las vistas e inmortalizándolas en la cámara, charlando con M sobre varios aspectos de estos dos meses de viaje. La verdad es que  no nos podemos quejar…para nada! estamos encantadas con la gente con la que nos hemos cruzado y con todo lo que hemos visto y vivido.

Volvemos a llegar a nuestra parada con una puntualidad que ya les gustaría tener a los ingleses. Nada más salir, una pareja de señores nos murmuran eso de “taxi, taxi” que indica que ofrecen sus servicios. Les digo que “No” de forma rotunda. Aunque ellos insisten y por si a caso no les he entendido bien, giran sus manos haciendo un circulo a modo de volante. Acaban medio emocionados dando vueltas constantemente como si condujeran, y al final hasta se acompañan  moviéndose en un extraño baile. Finalmente me coloco delante suyo y chocando los puños simulo un accidente de coche. La onomatopeya con la que acompaño el gesto les ha dejado claro el significado de lo que les digo, y ambos empiezan a carcajearse por mi ocurrencia. Aún los oigo reírse a lo lejos cuando salimos de la estación.

Nuevamente nos alojamos cerca de la estación de tren, aunque el camino hasta allí es un poco tortuoso para ir con una maleta. Es un constante de subir y bajar escaleras, algo a lo que parece están muy habituados los rusos. Finalmente llegamos al hostal. De la recepción, nos llevan a unos apartamentos de un edificio cercano donde coincidimos con Alex, el inquilino vecino que también se aloja allí.

Al llegar, me doy cuenta que en la recepción se han quedado con mi pasaporte y por tanto, se lo reclamo de vuelta. Me voy con la chica que nos ha acompañado a recuperarlo. De allí me iré a la estación a por los billetes.

El camino de vuelta a la estación pasa por encima de los raíles de la misma. Allí vuelven a llamarme la atención por hacer fotografías. Está expuesta una antigua maquinaria de vapor Clase SU y no he podido evitar la tentación de fotografiarla. Además resulta muy impactante ver desde arriba los vagones repletos de carbón que forman parte de convoyes de carga absolutamente interminables. Pero como ya me ha pasado varias veces, acaban llamándome la atención por hacer fotos.

En la estación vuelvo a la táctica que ayer practiqué. Allí nuevamente me indican con un dedo apuntando al cielo que he de subir a la segunda planta. Arriba hay pocas salas para sacar la cabeza. Entro en una con dos taquillas al final. Una está cerrada y en la otra un soldado que parece medio borracho está sentado ante la taquillera. Una señora espera pegada a su lado. Yo escojo uno de los butacones de la sala de espera. Parece que va para largo.

El soldado parece no querer irse de allí. Llevamos un buen rato esperando. Yo de mientras he traducido gran parte de los letreros que están a la vista con el diccionario de mi móvil. La traducción de la taquilla para la que espero no me da confianza de que sea el sitio indicado. Así que aprovecho que la cola no avanza para ir a mirar el resto de salas del piso de arriba. Acabo entrando en una sala que pone “habitación de equipaje” a ver si me envían hacía otro lado. Allí dos señoras me miran con ojos de sorpresa. Yo digo mis palabras: Ulan-Bator y una de ellas me indica la sala dónde yo esperaba. Viene conmigo porque resulta que es la dueña de la segunda taquilla que estaba vacía y decide abrirla entonces. La señora que esperaba me agradece con la mirada el rescate de la taquillera, aunque resultará que ni ella ni yo podemos hacer los trámites con la recién llegada. Aún así algo he removido porque acaban colándonos  a las dos por delante del soldado. Éste continúa allí cuando salgo con los billetes bien agarrados en mi mano.

Estoy feliz porque por fin ya los tengo. La otra opción era comprar billetes de autobús que son más baratos y de hecho, tardan menos en pasar la frontera que el tren, pero la gracia es intentar hacer la ruta del transmongoliano enteramente en tren y gran parte del viaje de este periplo así ha sido.

Antes de regresar al apartamento paso por el super mercado. Compro algunas chucherías para mañana, pero además, también un par de coca colas y crema de cara (M ha comentado esta mañana que quería comprar).

Cuando regreso al apartamento me doy cuenta que a la bajada, al ir acompañada, no he tomado referencias ni del edificio, ni del número de apartamento en el que nos alojamos. El edificio no me cuesta mucho encontrarlo, recuerdo haber caminado poco al torcer una esquina, así que se trata del primer edificio, a lo sumo el segundo.

El piso lo recuerdo, porque lo he preguntad al entrar en el ascensor: es el noveno. Pero una vez arriba he de abrir una de las puertas. Intento con las puertas de la derecha, pero tiene tres cerraduras y no consigo abrir, así que aunque estoy casi segura que he acertado, no me atrevo a hurgar la cerradura mucho más.

Después de un receso, vuelvo a intentar abrir la misma puerta dos veces más, hasta que se me enciende una bombilla. Me siento en las escaleras, enciendo la wifi del móvil y la uso cual detector de metales paran descubrir en qué puerta se capta más señal de la red. No me negareis que no ha sido un acto de inteligencia super geek ¿no? paralelamente he enviado un correo al hostal para que me recordara el número mágico.

Bien, la puerta que intentaba abrir era la correcta! he de estar metiendo mal la llave. M ha oido mis ruidos y  me habla desde el otro lado hasta que consigo abrir.

Parece que me ha visto venir desde la ventana con vistas  la estación, antes de que fuera al super mercado. Evidentemente he tardado en llegar entre unas cosas y otras y si hubiera podido hubiera llamado a la interpol para que me buscaran :). Su cara cambia cuando le ofrezco las viandas que he comprado. Está contenta con mi compra y me siento como cuando un cazador regresa a casa con sus presas.

Pasamos un rato en la habitación. Yo tengo mucho sueño pero me contengo de dormir hasta subir algunas entradas más.

Comemos en la habitación pero cuando M sale a lavar los cubiertos. Alex, nuestro vecino  la intercepta. Quiere hablar con nostras, así que me contengo de mi deseo de quedarme pegada al ordenador y salgo a conversar con él.

Tiene un inglés básico y difícil. Me cuesta a veces entender lo que me quiere decir, pero básicamente su historia es que tiene 50 años y es contable y experto en fiscalidad. Ha vivido en varias ciudades de Rusia y ahora Ulan Ude es su hogar. El dueño del hostal es amigo suyo así que supongo que le hace un buen precio. El visitó Barcelona hace más de 10 años pero aún recuerda algunas de sus calles y sobretodo está fascinado con la Sagrada Familia y toda la obra de Gaudí.

Acaba insistiéndome para salir a ver la ciudad. Son pasadas las 22h y es de noche pero aún así accedo a ir con él.

Caminamos hacia el centro de la ciudad, se apodera de mi cámara y me hace mil fotos con todos los monumentos que puede: la cabeza gigante de Lenin, el arco de triunfo, el teatro, la Opera, la calle comercial y la Catedral Ortodoxa Odigitrievsky.

No para de hacerme fotos aquí y allá. De hecho,  sólo rescato mi cámara de sus manos, un par de veces para hacer fotos para subir al blog. Me hace subir a un muro para hacer una de las fotografías y como ve que subo y bajo con facilidad,  me dice que no soy como las mujeres rusas, que ellas no son tan ágiles y que por tanto, yo soy pues… como un hombre ruso. Alá así…. ¡simplificando!

Se divierte con mis respuestas y conversamos acerca de la ciudad y de la vida en Rusia. Se muestra agradecido por el hecho de que conozco algo sobre su cultura y sobre la que llaman la guerra patriótica. Su abuelo materno murió en la guerra y es algo de lo que está tremendamente orgulloso. Me gustaría decirle que lo sé porque escribo un blog y algo me he de informar, pero me parece demasiado complicado para que me entienda. Pregunto por la principal industria de la ciudad. Por lo que parece es la militar y por lo visto la cercanía de varias bases prohibieron el acercamiento de los extranjeros a Ulan-Ude hasta bien entrados los noventa. Por lo que Alex me explica hay industrias de fabricación de transporte militar: aviones y helicópteros, instrumentos de precisión y armas.

Me tropiezo varias veces en las mal asfaltadas calles así que va cuidándome constantemente para que no me caiga.

En nuestro camino de regreso al hostal me insta a hacerme una foto con unas estudiantes que están haciendo botellón en la calle. Accedo, aunque me sabe mal molestar. Son estudiantes de filología, así que hablan inglés las tres. Están celebrando el cumpleaños de una de ellas y conversamos un poco mientras me tienden un vaso de papel con poco de vino. El vino es francés y del peleón. Me preguntan que qué carajo hago en Ulan Ude, así que tenemos conversación para un rato una vez doy cuenta de nuestro recorrido.

Nos despedimos de ellas en cuanto he apurado el vaso y se nos ha agotado la conversación y regresamos, ahora sí, al motel. El paseo nos ha llevado algo más de un par de horas, así que una vez he acabado lo que dejé empezado antes de irme, ya es tarde.