Día 66: Llegada a Ulan Bator

En Mongolia retrasamos una hora más en nuestro reloj. Estaba deseando quitarme la hora de Moscú de la muñeca 🙂

Casi no he dormido en toda la noche. A las 3 y media he abierto los ojos y ya no he podido volver a cerrarlos, así que me he puesto a leer. Oigo a M también moverse así que a las 5 ya no podemos más y necesitamos de una vez levantamos, asearnos y desayunar. No hacemos ruido (o al menos lo intentamos), ya que el vagón entero, aparentemente, aún duerme. El tren no llega Ulan Bator hasta las 6.30 así que pasamos el tiempo viendo nuestro primer amanecer en el país.

Una llegada más significa volverse a despedir de los amigos ocasionales con lo que hemos compartido parte del viaje. ¡Quién sabe si algún día nos volveremos a encontrar en un lugar remoto del planeta! No me molan nada las despedidas, me dan la sensación de perder algo y es un sentimiento que no me gusta.

Nos han venido a buscar desde nuestro hostal. Kim, la dueña con quien tantos correos he intercambiado, dice que me ha reconocido por el pelo (tuve que enviarle el pasaporte para el visado).

Nuestro conductor habla inglés y por el camino de las grandes calles, aún desiertas, ya nos va señalando algunos de los puntos de interés a nuestro paso, así como nos advierte de algunos de los peligros al cruzar las calles de la ciudad.

Llegamos a nuestro alojamiento cansadas, así que después de hacer el check-in y mirar las diferentes posibilidades de tours que nos ofrecen, vamos a descansar por una hora a nuestra habitación. Acabamos saliendo a las 11 y ya nos hemos saltado la hora del desayuno, así que nos acercamos a una de las cafeterías que nuestro conductor nos ha recomendado al llegar. Las dependientas son súper amables. Aquí, a diferencia de Rusia, parece que todo el  mundo chapurrea algunas palabras en inglés y si bien no, la mayoría de comercios tienen sus carteles en la lengua de Shakespeare. Desayunamos con hambre.

Después del receso nos acercamos al Monasterio Budista más grande de la ciudad: el Gandantegchinlen. Damos un pequeño rodeo para llegar puesto que el camino corto pasa por un barrio que, aunque curioso a nuestros ojos, resulta poco recomendable por la pobreza de quienes lo habitan. Nos han avisado en el hostal del problema de los hurtos en la ciudad, sobretodo por parte de grupos de adolescentes.

 

Llegamos al templo Budista. Allí los turistas hemos de desembolsar 3500 T, pero evidentemente los lugareños no. Hay muchísimas ruedas de las plegarías esparcidas por lo que en realidad es un complejo de templos. En uno de ellos un gran Buda se deja adorar por los monjes y creyentes.

Hago muchas fotos. Ahora ya me empieza a interesar mucho más la fisonomía de la gente, así que les robo algunas fotos con el zoom de la cámara.

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Desandamos los pasos hasta la la plaza Sukhbaatar donde está el Parlamento y la estatua de quién da nombre a la plaza montado en su caballo. La estatua está erigida en el punto dónde su caballo orinó, un símbolo de buen augurio.

Vamos buscando constantemente con la mirada algún restaurante dónde comer. Hay multitud de coreanos y a mí me apetece un Hot Pot o bien una barbacoa. Seguro que los precios son más que aceptables y ya que aún vamos muy groguis por la falta de descanso vamos a compensarlo con una buena comida.

Buscamos algo cerca del hostal, sobretodo porque ya tenemos claro que hoy no damos para mucho más. Yo voy mirando un mapa y ¡arggggggghhhh!! me he pegado una torcedura monumental en el pie izquierdo. He de sentarme por momentos porque el dolor es mayúsculo. Espero que las botas de montaña hayan evitado un gran esguince. Una torcedura no sería de gran importancia, pero una rotura o un esguince…

Cuando me he recuperado un poco del dolor inicial, subimos a unos de los restaurantes que hay en la esquina próxima. Pedimos un hot pot de pollo para dos y nos traen eso y un súper aperitivo de 8 platos diferentes. Nos ponemos ciegas y pese al picante, nos sabe todo buenísimo. No podemos acabarnos toda la comida, pero M ha conseguido dominar por fin los palillos y ya con eso estamos más que felices.

Caminamos despacito hasta el hostal y una vez allí coloco pomada anti inflamatoria en el abultado tobillo. Poco puedo hacer aparte de echarme una buena siesta y escribir alguna de las palabras que leéis.