Día 69: Regreso de Gorkhi-Terelj y otro día en Ulan Bator

He sido la primera en despertarme. He dormido muy bien pese a la dureza de nuestras camas. M dice lo mismo. No hemos pasado ni frío ni calor. Y eso que por el tamaño de la pila de madera que tenemos en el gerd, nadie se ha levantado esta noche a alimentar el fuego.

El aseo es difícil. Los wc son un pozo ciego en medio del campo con puertas que no cierran bien. He estado en sitios peores a este, pero eso no significa que no vea la situación complicada.

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El desayuno es igual de simple que el que tenemos en el hostal: pan, mantequilla y mermelada, pero yo no rechazo nunca un desayuno. El grupo de fineses sale al pleno y tenemos una buena conversación por la mañana. Hasta ahora con quien más he hablado es con el chico, puesto que las chicas casi no han salido de su escondite, así que aprovecho el momento para hablar un poco con ellas.

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La furgoneta de los finlandeses en la primera en llegar y nos comunican que tienen 3 asientos libres. Los chicos son tres y nosotras preferimos esperar a que venga Buggi a por nosotras. Aprovechamos la soledad que nos da la espera, para admirar el paisaje que vamos a abandonar. El sol pica por la mañana y ya vemos como fruto del día de ayer y hoy, nuestro color de cara va pasando del blanco-rosado, al tostado característico del verano.

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Buggi viene a recogernos y el camino de vuelta se nos hace largo y tortuoso, como la canción de McCartney. Hace calor y no podemos abrir las ventanas porque entra una cantidad de polvo impresionante. A la entrada a la ciudad hay un atasco monumental y pese a que Buggi evita las calles principales, al final ha de entrar irremediablemente en ellas. Y lo hacemos justo cuando dos coches están bloqueando la circulación porque acaban de tener un choque lateral.

Al final hemos conseguido llegar a una hora decente al hostal. Al llegar, necesitamos una ducha, así que eso es lo primero que hacemos y lo segundo es poner una lavadora con toda la polvorienta ropa. Aunque aún no estamos seguras si mañana vamos finalmente a la excursión al Gobi, empezamos a juntar lo que queremos llevarnos en mi mochila. La experiencia del pequeño viaje nos ha ayudado en saber qué necesitaremos para 7 días en el Gobi.

Conversamos con Kim, la dueña del hostal, y aunque hay posibilidades de ir mañana, nos uniremos a una pareja de coreanas en dos días. Con ello, conseguimos bajar nuestro precio a la mitad..y de paso el suyo también. Casper de Dinamarca, ha venido hoy y no puede unirse a nosotras porque no llegaría a tiempo para su viaje e Beijing, así que acabará uniéndose a un grupo que ha de hacer el trayecto en sólo 5 días.

El chico de Singapur que conocimos hace dos días sabe de nuestras intenciones y en principio se unirá a nosotras con la pareja. Nos ha preguntado ya varias veces para asegurarse que no nos vamos sin él.

Salimos a comer. Esta vez lo hacemos cerca del centro comercial más grande de la ciudad. Allí tienen un supermercado bastante grande en el que queremos curiosear. Comemos bien en una especie de Pub. Curiosamente en la mesa de al lado hay una española y otra chica que, aunque extranjera, habla con ella en español. Están teniendo una conversación muy trascendental, así que no nos atrevemos a interrumpirlas ni para saludarlas.

Antes de regresar al hostal pasamos a ver la escultura de Marco Polo que construyeron en el 2005, delante del Centro comercial, super pijo,  Central Tower. Marco Polo fue embajador Mongol de Khubilai Khaan y lo consideran también el iniciador del globalismo. La verdad es que fue un gran personaje histórico que hoy en día aún todos conocemos.

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Un señor ha venido al hostal a decirme que tiene mis billetes para Beijing. Éste billete es el único que he mandado comprar. En el hostal te hacen la compra por una pequeña tarifa y vale la pena evitarme dolores de cabeza por una vez. Ha de decírmelo él porque yo no lo he reconocido, pero es el mismo señor que con quién ayer nos cruzamos y nos avisó de que tuviéramos cuidado con los carteristas.

Hace demasiado calor en la habitación así que salgo con el ordenador a la sala común. Al poco de estar entra una niña que viene claramente del colegio. En el hostal hay mucho movimientos del staff. No paran de entrar con bolsas y de moverse arriba y abajo. Kim, la dueña, me explica que el día 1 de junio es el día de la infancia y que por tanto están preparando una fiesta para los 21 niños de los trabajadores del hostal. Hacen a cada niño un paquetito con patatas, zumo y otras golosinas.

La niña que ha entrado hace unos minutos no para quieta. Ella está a un lado del sofá y yo al otro. Se pega con agua papel de wc en una herida que debe tener en la rodilla. Tengo ganas de decirle que como tenga una herida el papel se le pegará y le hará más daño, pero al final no lo hago. Ser niño supone experimentar por tu cuenta y cometer ciertos errores. Fuera, en la calle, ha empezado a llover.

Acabo entrando en la habitación porque he de dejar el ordenador ya que quiero ir al baño. Justo cuando vuelvo a salir, se va la luz en el hostal. Todos acabamos usando nuestros móviles a modo de linterna. En el hostal reparten velas por todo el pasillo, zonas comunes y los baños. Aunque yo me haya quedado sin wifi y sea un inconveniente, veo el lado romántico de la situación.

Hablo con el chico australiano que conocí en San Petersburgo. No sé su nombre pero he hablado infinidad de veces ya con él. Es curioso, o les preguntó su nombre al principio, o luego ya no suelo hacerlo nunca. Se va mañana a Beijing a primera hora y estará en la ciudad 2 semanas. Mientras él se va a cenar una pizza para gastarse los últimos billetes que le quedan, yo vuelvo a mi habitación y me dedico a intentar revivir mi Kindle, que me ha dejado tirada cuando más lo necesitaba.