Día 71: Excursión al Gobi: Erdenedalay

Salimos a las nueve de la mañana. Media hora antes el singapureño entra al Hostal. Ha pasado las dos últimas noches con un amigo Mongol que conoció en China. Lo sé porque anteayer mientras escribía en la zona común entraron los dos y su amigo habló conmigo mientras esperaba que recogiera sus cosas. Le pregunto, ahora sí, su nombre: Denis.

Las dos coreanas que estábamos esperando llegaron en un vuelo ayer por la noche. Tampoco se  hospedan en el albergue, sino que están en casa de una amiga de su padre que vive en Mongolia. Esperamos a que hagan cuentas con Kim antes de salir.

Emma (o algo parecido), una de las señoras de staff se cruza conmigo y me dice en el poco inglés que habla que viene con nosotras a la excursión. Parece que será nuestra cocinera durante el viaje.

M y yo hemos arreglado todo lo que nos llevamos en mi mochila. Su maleta se quedará en el Hostal con el ordenador y la mayoría de ropa y trastos innecesarios en medio del desierto. Una vez estamos todos preparados bajamos a nuestra furgoneta. Nos acomodamos Denis, las dos coreanas, M y yo. Se sube con nosotros también una chica jovencita que no hemos visto antes. Enseguida nos presentamos todos, las dos coreanas son Kim y Ran (leáse, Lan) y la chica jovencita es Shimma y también pertenece al staff del hostal. Además de Emma, llevamos dos chóferes con nostras.

La primera parada la hacemos en el centro comercial más grande Ulan Bator. Es como nuestro Corte Inglés español y lo bueno es que tiene un supermercado enorme en la planta baja. M y yo compramos poco, puesto que ayer ya compramos lo que creíamos más necesario, excepto el agua. Como somos las primeras en salir, nos hemos de esperar

Un borracho se nos acerca y nos dice que nos puede cantar Julio Iglesias en español. Le confirmo lo que él ya sabe, que está más borracho que una cuba y él no me lo desmiente. Esta comiéndose un helado y  estoy expectante por ver si se le caerá tan exquisito manjar en la solapa de su arrugado traje.

El conductor de la furgoneta nos ayuda a espantar al cantante amateur y M y yo acabamos esperando al resto del equipo dentro de la furgoneta.

Salimos de la ciudad y en una pequeña retención la furgoneta parece que no quiere arrancar. Consiguen hacerla funcionar aunque acabamos parando en una gasolinera no sólo a repostar sino a mirar el motor de la máquina. El conductor que hasta ahora teníamos se queda allí, quedando el otro a los mandos del vehículo.

A partir de entonces sólo queda conducir.

Hacemos una parada para comer. Lo hacemos en un prado lleno de caballos que beben cerca de un arroyo. Un manantial de agua natural es la principal proveedora de agua de los equinos. De comer nos han preparado una sopa hecha de leche y arroz con dumplings. Me sabe a gloria bendita y aunque podemos repetir me siento más que satisfecha. Todos aprovechamos para escondernos a ir al baño.

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Hemos dejado la carretera asfaltada hace kilómetros y tardaremos en ver una. Los baches son monumentales pero el paisaje es espectacular y cambiante de forma constante.

Reemprendemos el viaje. Todos acaban dormidos aunque yo no puedo pegar ojo. El ruido de la furgoneta es infernal y al principio nos sobresalta cualquier sonido fuera de lo normal, aunque con el tiempo aprendemos a ignorarlos a fuerza de haber acostumbrado a nuestro oído.

Hablamos mucho durante el trayecto aunque Denis, M y yo somos los que nos mantenemos más despiertos y por tanto los que acabamos conversando.

Llegamos bien entrada la tarde a la villa de Erdenedalay. Allí nos instalamos en nuestro gerd que claramente es una de las viviendas habituales de la familia. Una TV, material escolar, fotos familiares y otros objetos personales lo demuestran.

Descargados los fardos, una multitud de niños viene a visitarnos. Denis juega con ellos al futbol mientras M y yo sobornamos con caramelos a una niña pequeña que lleva un gran coletero fucsia en la cabeza. Ella desaparece con la mano llena de caramelos pero regresa con unas cuantas fotos de ella misma en el festival de canto de la escuela.

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De regreso al interior del gerd y aunque ya nos hemos presentado nominalmente en la furgoneta, Denis insiste en hablar un poco más sobre cada uno de nosotros. Obligamos a las coreanas a empezar, sobretodo porque han pasado gran parte del viaje durmiendo y no ha abierto boca. Pero la ronda de presentaciones acaba en ellas porque nos han traído té y la cena. La cena me sabe buenísima y consiste en fideos con mutton.

Acabada la cena salgo a hacer fotos de la puesta de sol. Un niño me sigue en mi camino y aunque intento hablar con él, esta es toda la conversación que tenemos.

Yo: What’s your name?

Él: What’s your name?

Yo: Raquel

Él: Raquel

Yo: How old are you?

Él: How old are you?

Pronto comprendo que se dedica únicamente a repetir mis palabras, así que acabo regresando en silencio pero conservando su compañía, hasta la parcela en la que se encuentra nuestro Gerd.

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Tenemos dos camas y tres colchones inflables. Denis, que ha cogido uno de los colchones, se da cuenta que el suyo no cierra correctamente la entrada/salida de aire.  Intentamos cerrarlo de mil maneras y al final lo único que podemos hacer es dejar el inflador puesto con la esperanza de que tapone la salida del aire.

No tardamos en dormirnos. Denis pasa mucho frío y encima su colchón se desincha. Se ha puesto toda su ropa encima pero no venía preparado para las temperaturas bajas de Mongolia. Le oigo hablar esa noche y debe estar cagándose en todo mientras los demás dormimos.