Día 72: Excursión al Gobi: Los acantilados flameantes, parque natural de Bayanzag

Hoy es un gran día ¡Se casa mi amiga Marian! así que lo primero que hago al abrir los ojos es enviarle un mensaje de felicitación. Ella seguro que duerme (o quizás los nervios no la dejen), pero teniendo en cuenta la dificultad de cobertura que estoy teniendo, es más que posible que nos quedemos incomunicadas por el resto de la excursión.

Son  las 7 y ya estamos todos en pie. Los gerds suelen tener la mitad del centro del techo descubierto, con lo que los primeros rayos de luz se han encargado de despertarnos a todos.

Aunque estemos todos despiertos, sigue siendo pronto. Esperamos el desayuno cada uno en nuestras camas: yo leyendo, Denis jugando al solitario en su netbook y las coreanas poniéndose continuamente capas de cremas, una tras otra. Al final no podemos con la espera, y todos, sin excepción, acabamos picoteamos galletas y otros alimentos que traemos con nosotros a modo de complemento.

Nos traen al poco el desayuno y tampoco es que le hagamos un feo. Así, que acabamos sobrealimentados a primera hora de la mañana.

Volvemos a empaquetar los sacos de dormir y demás equipaje. Salimos solo tres minutos antes de la hora prevista.

El frío de la mañana ha hecho estragos en nuestra furgoneta rusa y antes de salir hemos de empujar el vehículo. M y el chófer son los únicos que quedan dentro. El resto de viajeros estamos apelotonados en la parte de atrás reanimando con nuestros empujones la batería de la furgoneta.

Saliendo del pueblo, el paisaje es muy árido aunque lleno de matorrales: uno por aquí y otro un poco más lejos. Lejos de parecerme monótono, es fabuloso ver los contrastes de las sombras proyectadas por algunas nubes, los charcos de agua que sacian la sed de los animales de la estepa y  las aves que, por momentos, vuelan en paralelo a nosotros como si nos acogieran en su diminuta bandada.

Denis y yo somos los que nos mantenemos más despiertos dentro del vehículo, mientras el resto dormita. Nos mantenemos alerta mutuamente ante cualquier ave, mamífero y/o rodeor que encontramos a nuestro paso. Vemos al poco a nuestro primer camello y he de dar un pequeño golpe a Denis para compartir con alguien el descubrimiento, puesto que, en ese momento, ha sucumbido a una siesta. El camello está en el medio de la nada rumiando tranquilamente, absolutamente ajeno a nuestra excitación. Todos somos urbanitas: Barcelona, Singapur y Seúl; así que no es de extrañar que continuemos emocionándonos cuando nuevos kilómetros nos traen más manadas de cabras, caballos y camellos. Bromeamos con las más dormilonas, haciéndoles creer que hemos visto cosas fascinantes que, de hecho, son solo reales en nuestra imaginación.

Horas más tarde de nuestro inicio de jornada, paramos nuevamente a comer. Esta vez, lo hacemos junto a una manada de camellos. Huyen cada vez que nos acercamos demasiado a ellos, aunque al final uno, que es muy presumido, posa para nosotros durante un buen rato.

Para comer nos dan un plato con una pata de pollo, puré de patata y zanahoria, unos trozos de pan y un poco de caldo. Se supone que el pan debemos mojarlo en el caldo, pero M y yo nos lo hemos bebido nada más traérnoslo, así que Emma nos da parte del suyo para que probemos el plato tal y como debe tomarse.

Después de la comilona y de vuelta a la furgoneta. Volvemos a empujarla, aunque esta vez yo me uno a M y al conductor en el espacio de dentro de la misma. La verdad es que no me he enterado que había que empujar otra vez, hasta que he sentido moverse la furgoneta.

Continuamos el camino sin cruzarnos con ningún otro vehículo. Llevamos kilómetros sin hacerlo y de hecho, pasaremos días en solitario.

Llegamos al gerd que nos acogerá hoy sobre las 17, quizás algo antes. Nuevamente, descargados los fardos volvemos a montarnos en nuestro vehículo para ir a ver un paisaje natural absolutamente fascinante. Se trata de los acantilados flameantes del parque natural de Bayanzag. Es, en esta montaña roja, dónde se han encontrado gran parte de los restos de fósiles de dinosaurio y huevos que podemos ver en varios museos del planeta. El más famoso es el que adorna el Museo de Historia de Nueva York, aunque los huevos que vimos en el Museo de Ulan Bator también provienen de este lugar. Nos dan una hora para campar a nuestras anchas y nos dedicamos a hacer fotos y contemplar la belleza del paisaje.

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De regreso a nuestra pequeña casa, unos alemanes y holandeses han ocupado un gerd cercano al nuestro. Van con ropa de verano y están muy quemados por el sol. Alguien debería decirles que la protección del cuerpo es lo principal cuando se está en el desierto.

Cerca del Gerd hay una pequeña montaña llena de árboles muertos. Yo me acerco a ver la caída del sol junto con mi inseparable cámara de fotos. La verdad es que allí es donde siento por primera vez la belleza del país, el silencio, la naturaleza en estado puro, el gran cambio que significa vivir en estas latitudes. Me oigo los pensamientos aunque no quisiera hacerlo, pero no me importa, porque son míos, sólo míos.

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Cenaremos un bocadillo de tomate, pepino y mortadela. Su presentación se asemeja a una hamburguesa del McDonald’s y por momentos todos hemos pensado que nos traían una hamburguesa con todos sus complementos.

Después de la cena, continuemos con las presentaciones que ayer interrumpieron. Todos llaman  M “mamma”. La verdad es que el grupo es muy majo. Nos reímos mucho y acabamos burlándonos unos de otros.

Kim y Lan se ponen una mascarilla facial antes de irse a dormir. Al final, todos excepto yo, acaban por ponerse una. Denis está super gracioso, porque entre tanta mujer ha acabado poniéndose 1000 cremas diferentes y ha confesado que en su vida había visto alguno de los productos de higiene que nos está viendo usar. Tenemos champú en espray, jabón sin agua, mascarillas faciales, polvos antibacteriales para los zapatos, las toallitas de bebé, antibacterial para las manos, cremas de manos, de cara, de contorno de ojos,…

Por la noche vamos saliendo a ratitos al baño, a lavarnos los dientes y a ver simplemente las estrellas. Los paseos duran más o menos según la ropa de abrigo del protagonista. Porque la temperatura ha bajado mucho y la oscuridad es total. Hay estrellas y son geniales, pero yo estoy pasando frío, así que no me dedico a contemplarlas por mucho tiempo.

Caigo dormida con el libro encima de mí. Creo que no he leído ni 5 páginas.