Día 73. Excursión al Gobi: las dunas de Konghor

M y yo nos hemos levantado las primeras, pero sólo porque Denis se ha levantado tan pronto, que se ha quedado dormido esperando que se hiciera la hora del desayuno.

Nos han hecho unos deliciosos bocadillos de huevo para desayunar. Como siempre, soy la primera en acabar de hacer la maleta y por tanto, mi bolsa es la primera que se carga en la furgoneta. Cuando acabo de hacerlo Emma, me dice que vamos a montar en camello antes de salir. Así que le sigo los pasos hasta la manada de camellos que campan delante de nuestro ger, donde un señor con apariencia de anciano, está ensillando uno de los camellos. Subo la primera de un salto.  He de sujetarme a una cuerda deshilachada que llevan sujeta de la nariz. Amarran otro camello al mío y me tiende el cabo.

Mientras espero a que el resto salga del ger me fijo en el camello. El pelo es muy áspero, casi como el estropajo, pero estropajo del malo y del raído por el agua y el tiempo. Aún así no me parece tan sucio de cerca como me parecía de lejos.

Cuando el resto sale y me ve montada en un camello, flipan. Denis es el segundo en subir y Ran le sigue a la zaga. Kim, se ha refugiado junto a M, porque no quiere subir. Yo le pego un grito para que venga a unirse. Supongo que la duda era débil, porque aún no he acabado de gritarle que con 20 años no hay excusas, que ya se ha soltado de M y ha venido corriendo a montar en el camello que tiene asignado. Nada más hacerlo, empieza a gritar como una descosida. Está claro que le tiene miedo. Aunque como el resto estamos tranquilos, acaba tranquilizándose e iniciamos la marcha.

El andar de los camellos es lento, muy lento. Estar incrustada entre dos jorobas da cierta seguridad. A mí, tal y como me pasó con los caballos, se me han vuelto a ir los agarres de metal que hay a modo de estribos y no hay manera de volvérmelos a colocar porque se quedan oscilantes bajo la panza (su panza, no la mía). Para mis rodillas es mucho mejor.

Cada uno de nosotros lleva el camello de otro sujeto por las riendas. Tengo a Kim a mi izquierda y a Denis a mi derecha. El camello de Denis no para de acercárseme y golpearme la pierna y voy tan despistada vigilándolo que no me entero que el de Kim se me ha acercado tanto que me ha aprisionado el pie malo , momentáneamente, entre los dos camellos. Ha sido sólo un golpe, pero he visto las estrellas.

Al poco, el camello de Denis vuelve a acercarse a mí. Está vez veo como su boca se dirige a mi pierna derecha. La mala fama que tienen los camellos de escupir o incluso morder, hace que piense que algo he hecho mal con sus riendas y viene a vengarse. Pero no más lejos de la realidad. Empieza a rascarse la cabeza y parte del cuerpo contra mi pierna. Una vez le he visto que sus intenciones no eran agresivas, le dejo hacer. Así que durante unos segundos, tengo como única misión soportar el peso de un animal rascándose contra mí, mientras aguanto el equilibrio entre dos jorobas, sujeta a una cuerda y sin estribos, mientras cuido que el camello de mi izquierda no me golpee el tobillo magullado. Aún con todo, ¡la experiencia es magnífica!

Una vez bajamos, emprenderemos el camino hacia las dunas de arena del Gobi, la gema de esta excursión. Durante el camino Denis me habla del campo de concentración de Nanjin, en China. Me comenta que para él es el Museo del Holocausto mejor documentado de los que ha visto. Le preguntó un poco más sobre ello y me prometo que cuando esté más aposentada en China iré a visitarlo.

Paramos a comer y esta vez toca al lado de un rebaño de cabras. Es enorme y como hay muchas cabrititas, yo me lío a hacer fotos a diestro y siniestro. Después de comer me acerco a un pequeño terraplén que quiero que sea mi baño. Cuando quiero averiguar qué es el ruido que oigo detrás mío, veo que las cabras han empezado a seguir mis pasos y tengo casi en fila india detrás mío unas 50 cabras. ¿Cómo? “nenas, nenas..que quiero intimidad para ir al baño!”..el resto del grupo se ríe de mis intentos para que no me sigan, pero al final la única solución que tengo es desandar mis pasos y hacer que me sigan hasta conseguir reunirlas con el resto del grupo.

Estamos todos muy contentos por cómo hemos empezado el día. La proximidad de  las Dunas también contribuye a nuestro buen humor. Kim y Ran se mantienen más despiertas. Llevamos desde el primer día intentando convencerlas para que nos canten el Gangsman Style, pero ellas se niegan. Ni si quiera el ofrecimiento de Denis a bailarla mientras ellas cantan, ayuda a convencerlas. Al final, es el conductor quien acaba cantándonos una canción tradicional Mongola. Tiene buena voz y todos callamos para escucharle. Emma se une a él y los dos compenetran sus voces con perfección. Aplaudimos cuando acaban, efusivamente. Las españolas “braveamos” al dúo mientras aplaudimos junto al resto. Somos un público muy entregado

Parece que la canción ha roto el hielo porque ahora sí que Kim y Ran nos cantan alguna canción en coreano. Denis y Kim acaban poniendo música con sus teléfonos y cantando canciones. Mi gran aportación es poner el gran éxito coreano previo al Gangsman Style, las Wonder Girls y Nobody but you. Se extrañan que las conozca, pero he de explicarles que en España yo sólo la he oído sonar una vez y que la conozco gracias al tiempo en el que viví en China.

El viaje transcurre, ahora ya, entre canción y canción. Tal y como hicimos ayer al llegar al gerd, descargamos los fardos y montamos en la furgoneta nuevamente. Nos acercan hasta la entrada del parque nacional del Gobi. Más allá, la furgoneta no puede pasar.  Nos dicen que regresemos en una hora.

Vemos las dunas de Konghor a lo lejos. Estamos en un extremo del parque y antes de llegar a ellas hemos de sortear riachuelos, caballos corriendo en estampida, vacas, camellos y cabras andando. Sorteamos todos los obstáculos con mucha ilusión. Todos hemos traído botellas o bolsas para recoger arena del desierto. Tardamos casi 40 minutos en alcanzar las dunas. La arena es muy dorada y fina. Todos nos hemos ataviado con todo lo que teníamos para enfrentarnos a la arena del desierto: gafas, gorros, pañuelos, mascarillas,… pero a la hora de la verdad como no sopla mucho viento, acabamos deshaciéndonos de tantos bártulos para disfrutar mejor del paisaje y las fotos.

Denis es el primero en escalar la montaña de arena. Tiene mucha inclinación y el peso del cuerpo es suficiente para hundirse en la arena. Lleva con él un cartón que ha cogido de la furgoneta para deslizarse por ladera de la montaña. Yo le sigo porque le he prometido grabarle deslizándose  como recuerdo. A la hora de la verdad y pese al esfuerzo que le ha supuesto subir con el cartón a cuestas, la arena no desliza como la nieve y no consigue realizar su deseo. He prometido no sacar a relucir el video que tomé de sus intentos, pero nunca digas nunca jamás.

Yo creo que finalmente estuvimos 3 horas o así. No podían acotar nuestro disfrute de algo que seguramente sea irrepetible, con el avance de dos saetas en una esfera. El sol está bajando y desearíamos quedarnos hasta que se hiciera de noche, pero no podemos porque no hemos venido preparados para ello.

Volvemos a la furgoneta. Allí nos esperan con la cena ya preparada. La tomamos dentro del vehículo para evitar que el viento, cargado de arena, destroce nuestro ágape. Estamos tan ilusionados por lo que hemos visto, que no sé si podremos dormir esta noche.

Pero lo primero que hacemos al llegar a casa es limpiarnos con el mejor invento que un viajero pueda tener..las toallitas de bebé. ¡Ahh! saco arena de las orejas, la nariz, los párpados, debajo del reloj, los bolsillos del pantalón,… Nos cambiamos todos de ropa y expulsamos la que llevábamos fuera de la cabaña.

Mi tobillo se ha resentido no sólo por el golpe de esta mañana sino también por el esfuerzo de subir por las dunas. Tengo molestias nuevamente, así que me embadurno de crema pese al olor que desprende.

La caída de sol de ese día es la más espectacular que tendremos en el viaje. Es absolutamente P-R-E-C-I-O-S-A y es una forma fenomenal de acabar el día. Denis lleva arrastrando una botella de vodka mongol desde el inicio del viaje y está emperrado en que M lo pruebe, así que reparte un dedito a cada uno de nosotros y… ¡glups! ya está abajo. Mañana podremos recargar todos los aparatos electrónicos así que hoy es el festival de la música. Denis enciende su portátil y nos pone canción tras canción. El resto vamos compartiendo canciones con nuestros móviles. Salimos a ver las estrellas varias veces, hasta que creemos que ha llegado la hora de dormir.

Ha sido una noche difícil para todos ya que casi no hemos dormido. Hemos sufrido una tormenta de arena brutal. Pese a que tapamos anoche el techo del gerd, el viento no paraba de azotar  las telas de la cabaña. Ha sido la única noche en la que yo he sentido algo de frío. Y si yo sentía algo de frío, no puedo ni imaginar cómo debía estar Denis, acostumbrado a sus 29 grados de mínimo, y que ha pasado frío desde el primer minuto del viaje.

Los golpes del vendaval han hecho que M sacara su instinto maternal. Ha encendido su linterna y ha ido repasando una por una nuestras camas. Dice que era imposible que con tanto viento, estuviéramos todos bien. Cuando ha llegado a la de Kim, ésta estaba acurrucada encogida de miedo a un lado de la cama. Kim enseguida le ha gritado por su nombre buscando consuelo en ella. M enseguida a golpeado su cama para indicarle que se acercara a ella y han acabado durmiendo las dos en la estrecha hamaca. ¡El terror de Kim era mayúsculo! Denis y yo nos hemos despertado y hemos visto lo qué pasaba, pero también que M lo tenía controlado, así que ambos hemos escondido nuestras cabezas bajo los sacos y hemos intentado continuar durmiendo.