Día 75. Excursión al Gobi. El acantilado Rojo.

Como cada día nos hemos levantado muy pronto. Hoy el desayuno es mucho más escaso que otros días, así que le dedicamos, también, menos tiempo. Ésta vez, forzamos la hora de salida, porque 50 minutos antes de la hora que nos han dicho, nos hemos subido todos a la furgoneta. No  hemos dicho nada, simplemente hemos subido.

Nuevamente en el día de hoy, el viento es el gran protagonista. Volvemos a escondernos en cuanto bajamos a comer detrás de la furgoneta.

Hoy  dormimos durante el trayecto más que otros días. Creo que acusamos tantas noches sin una buena calidad de sueño. Yo, además, leo mucho. Quiero acabar el libro para dejárselo a Denis que ha acabado el suyo antes de venir. Yo no quiero llevarlo en la maleta porque es un peso innecesario y para dejarlo sin dueño en el hostal, prefiero que se lo quede él. Fuera del Gobi, podré recargar mi móvil, que es el medio que uso para leer, después de la muerte de mi kindle.

Cada día de viaje nos hemos perdido para llegar al destino. Nuestro camino suele pasar por ir campo a través, la mayor parte del tiempo. Paramos de tanto en tanto en algún gerd o ante algún motorista para preguntar. Sin embargo, hoy llevamos más de una hora perdidos. Lo sabemos porque siempre se repite el mismo esquema: el conductor y Emma hablan en voz baja cuando normalmente no  conversan demasiado; señalan a un lado y a otro del camino para decidir hacía dónde vamos; Emma llama por teléfono a alguien. Y lo mismo siempre: cuando encuentran el camino, el conductor se ríe relajadamente.

Saben los dos que sabemos que estamos perdidos. Siempre lo sabemos, sin excepción, sólo que hoy lo comentamos en voz alta. Así que hay un momento en el que paramos simplemente a que piensen qué hacer. Emma me dice “no problem” como para tranquilizarme, aunque yo le digo que sabemos que siempre encuentran el camino y que estamos todos muy tranquilos, porque confiamos en ellos.

Cuando la furgoneta, por fin, enfila el simple camino que forman las huellas de otro vehículo en la estepa, aplaudimos al conductor. Me encantaría poder silbar con los dos dedos de mi mano, de forma fuerte y potente, para expresar mi más profunda admiración por su facilidad de orientación. La verdad es que no hay señal alguna que indique ninguno de los caminos que seguimos. Nosotros reímos y decimos que debe haber algún código del estilo ” al segundo montón de piedras a mano derecha, girar 20 grados”, porque no llevamos ni brújula, ni GPS, ni nada de nada, sólo un conductor… con mucha experiencia.

Acabamos, por fin, llegando al gerd. Esta vez coincidimos nuevamente con otros viajeros. Son dos parejas, una de dos franceses y otra de dos que viven en Australia aunque ella es mexicana. “Qué buena onda”, me dice cuando se entera que somos españolas. M está feliz porque puede conversar con alguien más que yo en nuestro idioma, y yo también porque soy consciente de su grado de aislamiento por el tema del idioma, en algunos momentos.

Ellos nos dicen que van a salir a ver las montañas coloradas. Nosotros no lo teníamos planeado para hoy, pero queremos ir con ellos. No nos cuesta mucho convencer a Emma y al conductor del cambio de planes. Están contentos con el grupo y no les pedimos nunca nada. Así que las dos furgonetas enfilamos camino hacía las montañas rojas.

A mí me gusta mucho esta visita. Se trata de unas mini-dunas de tierra muy muy roja, que conforman el llamado Acantilado Rojo. Enseguida todos escalamos la empinada cuesta para subir a la cima. Yo subo a cuatro patas como los monos. Rápidamente, sin pensarlo. Si lo hiciera, posiblemente no subiría.

Para bajar encontramos desde arriba un paseo más fácil. La tierra es tan blandita que es fácil hincar el talón y bajar como si fuera una escalera. Les digo al resto que sigan mis huellas. Yo llevo botas y por tanto puedo echar mucho más peso que los que llevan flip-flops.

Al regreso nos han hecho la cena en el ger. Hoy cenaremos carne de camello con arroz, bueno al revés: arroz con carne de camello.

Una niña ha salido de uno de los gerds cercanos. Está muy excitada por nuestra presencia. Yo enseguida la soborno con unos caramelos con la esperanza de que poder hacerle una foto, pero la verdad es que no para quieta.

Corretea alrededor de la furgoneta primero y alrededor nuestro después, gritando “iiiiiiiiii-iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii” como si le fuera la vida en ello. Nosotros nos dirigimos a ella llamándole “iiiiiiiiiiiiiiiI” y ella ríe y vuelve a gritar su canto de guerra, mientras sigue corriendo.

En este gerd tenemos muchos camellos cerca de nuestra cabaña. De hecho han tenido que poner una protección lateral porque seguramente se acercaban demasiado. Hay uno que se ha tumbado muy cerca de nuestra puerta. Es absolutamente fascinante lavarse los dientes bajo la atenta mirada de un enorme camello rumiando.

El conductor me insiste en que le enseñe la foto de una serpiente que hemos hecho en la cima del acantilado. Está él más fascinado que nosotros con las visitas y los bichejos. Le amplio la foto al máximo para conseguir de él una mueca de asco.

Dado el viento que ha hecho hoy y con la experiencia de otras noches. Hemos pedido lumbre para la cabaña. Aquí en medio de la nada poco hay de combustible además de los excrementos de los animales. Aquí tienen caca de camello de sobras y de hecho tienen una especie de depósito donde acumulan sus deposiciones para que se sequen al sol.

La verdad es que no desprende olor alguno y su combustión es lenta. Al principio  hace mucho calor aunque poco a poco se va manteniendo la temperatura. Tenemos algo de combustible para después y yo llevo cerillas que he dejado preparadas por si es necesario volver a encender el fuego.

Denis está pensativo y le pregunto que qué piensa. Se sonríe porque le he pillado pensado en qué habría pasado por la cabeza de la primera persona que intentó calentarse con excrementos secos de un animal. Me río con él porque tiene toda la razón del mundo, menudo pionero el que lo hizo. Ese sí que ha sido un gran descubrimiento para las familias nómadas de la estepa mongola.

Con la puesta de sol vuelve el resto de la manada de camellos. Forman una bonita fila india. Al poco, regresan las cabras. Hay muchos cabrititos balando y moviéndose graciosamente, así que me paso mucho rato entre ellos simplemente observándolos.

La caída del sol es ideal para ir al baño. Hoy tampoco tenemos ni un mísero agujero en el suelo. Pero “iiiiiiiiiiiiii” está emperrada en jugar conmigo. así que he de pedir ayuda a la mexicana y su marido para que me la distraigan, porque no consigo que “iiiiiiiiiiiiii” se desprenda de mi.

La noche de hoy es muy estrellada y aunque salgo varias veces a ver las estrellas, hoy es un día especialmente frío y el gerd está muy calentito.

Kim y Denis se han levantado esta noche a encender nuevamente el fuego. Me han despertado sus intentos de hacerlo. Querían usar papel de WC como detonante del fuego, pero el papel se consume demasiado rápido como para ser útil.  Les digo que usen el cartón de una de las cajas que tenemos. Es como he visto hacerlo a Emma. Parece que ya habían empezado a hacerlo porque me confirman que lo han hecho y que han encendido el fuego.