Día 80: Primer recorrido en tren…en China.

Parece que fue ayer, pero hoy cumplimos los 80 días que tardó Phileas Fogg en completar su vuelta al mundo. Nosotras no hemos llegado ni mucho menos tan lejos, pero tampoco podemos quejarnos del recorrido que hemos hecho.

Hace tantos días que no cogemos un tren, que hoy casi parece el primero. Estamos nerviosas. Hemos gastado con precisión suiza los últimos billetes en comida que degustaremos en el tren. Ya somos veteranas y cada vez que emprendemos un nuevo trayecto, la bolsa de comida, es más ajustada a lo que necesitaremos. Lo mismo pasa con la ropa y utensilios que nos son útiles en los viajes largos.

Volvemos a coger el tren número 4. El mismo con el que llegamos a Ulan Bator. El célebre transmongoliano. La primera vez que nos llevó hacíamos el recorrido con amigos viajeros. Esta vez sabemos que coincidimos con la inglesa de liverpool, pero nada más. Así que estamos expectantes en conocer lo que nos encontraremos.

Compartimos el taxi a la estación con la inglesa. Es muy parca en palabras, pero aún así he conseguido saber que ella parará en Datong. Nos lleva Muggenat, que no es otro que el señor de traje que ayuda a Kim (“Bobby”), en el hostal, y quién nos consiguió los billetes. Él va a encaminar a sus nuevos clientes hacia el hostal y convencer a los que llegan, sin alojamiento, de que se vengan con él.

Hacemos el recorrido por las desérticas calles de la ciudad. El bullicio y caos circulatorio parecen desaparecer por arte de magia a primera hora de la mañana. Ulan Bator se transforma en otra ciudad que nada tiene que ver con la que, día a día, hemos ido descubriendo poco a poco.

En la estación, con cada minuto que pasa, nos vamos juntando más viajeros. La mayoría son pequeños grupos de jóvenes mochileros. Aunque  también encontramos grupos senior que aprovechan el retiro para cumplir un sueño. Cuando subimos al tren tengo la oportunidad de practicar el poco chino que sé, porque le han preguntado a la liverpoolesa su nacionalidad y ella sólo ha sabido contestar “no hablo Chino”, en un inglés pluscuamperfecto. Enseguida he acudido a su rescate y contestado por ella. El encargado del tren me ha sonreído en los intentos de hablar Chino, pero lo más importante es que me ha entendido, puesto que oigo como grita a alguien de dentro, que las que suben son una inglesa y dos españolas.

M y yo tenemos un compartimento al lado de la inglesa. Ella va con tres alemanes y nosotras con una joven, una señora mayor y su niña de escasos 11 meses.

La niña tiene un ojo tapado con una venda. Pero ríe y ríe. Todo lo contrario que su madre y la chica joven. M y yo adivinamos que la chica joven es la hermana mayor de la niña.  Hablamos nada más empezar el trayecto. Van a Beijing al médico. “¿Por la niña?” pregunto yo, casi afirmando señalándome el ojo. La chica joven es la que corrobora mi pregunta. La otra no habla inglés. No me atrevo a preguntar qué pasó, aunque tengo curiosidad por saberlo.

Como van a Beijing, como nosotras, enseguida le pregunto si habla Chino. Me dice que estuvo un año en la Universidad en Chengdu y que por tanto lo habla un poco. Es humilde, muy humilde, porque la oigo conversar durante todo el trayecto con el encargado del vagón en chino. También me comenta orgullosa que habla ruso. Estudia(ba) Economía. “¡Anda, cómo yo!” le suelto. Aunque enseguida he de confesarle que hace años que acabé mis estudios. Le gusta saber que hemos estudiado lo mismo.

Al poco, la madre descubre el ojo de la niña. Tiene un ojo vacío y por lo que parece es algo reciente. Le pone crema y cambia la venda. Aunque, finalmente, acaba quitándole la cubierta de ese ojo sin vida.

La niña es muy juguetona y tremendamente despierta. Es lista como el hambre y  me encanta verla como duerme a pierna suelta desde mi litera de arriba. Pone los bracitos por encima de su cabeza, mientras duerme inmóvil ajena al traqueteo del tren. Si pongo atención, la oigo respirar mientras observo su barriguita subir y bajar al compas de sus suspiros.

El encargado de nuestro vagón, que es un chico más bien joven, pasa con asiduidad a ver a la niña y le encanta hacerle gracias, cuando no le da un dulce. Al entrar, suele levantar la cabeza hacia mí y me pregunta si todo lo encuentro Ok. Siempre le contesto con un sí rotundo y levantando el pulgar de la mano. Supongo que al final él pregunta porque yo siempre contesto, y yo contesto porque él siempre pregunta. 🙂

El paso de la frontera es en este caso tedioso pero curioso. Los dos países limítrofes tienen diferente ancho de vía y por tanto lo que hacen es lo siguiente: llevan el tren a un hangar, levantan el convoy entero de forma simultánea, con los pasajeros dentro, y cambian todas las ruedas para adaptarlas al nuevo ancho. Nosotros tenemos la suerte de coincidir con un tren en el sentido contrario y por tanto podemos observar la operación completa en el otro  convoy, al igual que los otros viajeros hacen con el nuestro. Es casi media noche cuando finaliza no sólo la operación, sino cuándo obtenemos todos los papeles del paso de las dos fronteras conformes. En algún momento, además, nos dan un par de vouchers para desayunar y comer al día siguiente en el vagón restaurante.

Me he quedado estupefacta cuando, al rellenar la documentación en entrada a China, he podido leer que la mujer “mayor”, madre de la niña, tiene sólo un año menos que yo.  Estoy totalmente en estado de shock. Posiblemente su vida y la mía son muy diferentes . Yo no  he dado a luz y por tanto mi cuerpo no ha sido castigado por el parto. Asimismo, la vida de la mujer, en Mongolia, es seguro mucho más dura que la que yo, o cualquiera de los que leéis esto, podamos tener. Su mirada triste tampoco le ayuda. No la veo sonreír en ningún momento. Seguramente la desgracia de su niña le robó hace tiempo la sonrisa de la boca.