Día 81: Beijing huan ying ni.

Nota: Beijing, Huanying ni = Bienvenida a Beijing. Canción oficial de los Juegos Olímpicos celebrados en Beijing en el 2008.

Aunque ayer nos dormimos más bien tarde, el voucher de desayuno es para usar sólo de 7.30 a 8.30. Así, que con los ojos aún pegados por el sueño dejamos a la familia durmiendo, mientras nos vamos al vagón restaurante. A cambio del papel obtenemos un huevo duro, pan, mantequilla y mermelada. “¡No está mal!” nos decimos. Un cuchillo de plástico es la única cubertería que obtenemos para aplastar la dura mantequilla en el blando pan.

Pasamos nuevamente la mañana leyendo. Entre rato y rato, juego sacándole la lengua a la niña. Ella me repite los gestos bajo la mirada de reproche de su madre. No le gusta nada que lo haga, porque veo que enseguida le hace esconder la lengua dentro de la boca. Pero la niña, desobedeciendo a su madre, sigue sacando la lengua y riéndome a la vez. Conozco que la chica joven, que creíamos hermana de la niña, es su prima y que la señora es la tía de la chica. Ella va de intérprete.

La niña, de nombre Sofdya, ríe y llora, como cualquier niña de su edad, ajena a las dificultades que su minusvalía, casi seguro, le traerá en el futuro. No para quieta, y la madre, sobretodo, la saca al pasillo para asomarla en la ventana. Le gusta sentir la cara al viento. Se le ve en el gesto que hace cuando saca su cabecita por la ventana. Entonces es cuando se calma.

La comida es también a una hora temprana: las 11.30h. Pero nosotras no le echamos ascos a nada. Nos dan un plato con unos vegetales y un cuenco de arroz. M ha de acostumbrarse a usar los palillos. Le cuesta pero al final vuelve a dominarlos.

La falta de asientos ha hecho que una pareja alemana nos haya pedido permiso para compartir nuestra mesa. He observado como la señora , que ha separado con cierto reparo los dos palillos, los ha cogido dispuesta a darles una oportunidad. Antes de que empezara a comer, le he cogido con cuidado los palillos de la mano y se los he puesto en el sentido contrario. Los tenía al revés. La pareja de la mesa de al lado, van en su mismo grupo y uno de ellos ha completado mi ayuda y le ha enseñado el secreto de los palillos. Le cuesta comer y mezclar los vegetales en el cuenco del arroz. No ayuda a los novatos a recoger el arroz del cuenco, puesto que el agua y salsa que desprenden, desapelmaza el arroz, dificultando así el comerlo con palillos. Si nunca os fijáis en los chinos al comer, éstos nunca mezclan ambos platos. A lo sumo, únicamente dejan la pieza que van a comer en el cuenco de arroz, para coger un poco de cada elemento con los palillos antes de llevárselo a la boca. Además es muy práctico puesto que no mezclarlo permite guardar el resto (si queda) para otro momento.

Cuando son poco más de las 14h, llegamos a Beijing. Nos despedimos de nuestras compañeras viajeras. Antes de irme le digo a la chica que tienen una niña muy muy muy lista. Ella se lo traduce a su tía y esta será la primera y última vez que la veré sonreír. Me alegro de tener este recuerdo en mi colección. La dejo así, sonriendo, mientras bajo a reunirme con M en el andén de la estación central de Beijing.

Es indescriptible describir lo que siento al saber que he completado la ruta del transmongoliano. Aún nos queda un mes por delante, pero acabado de cumplir uno de los grandes sueños que tenía guardados en un cajón.  Cuando pongo un pié en el andén me siento diferente a cómo empecé este viaje. Mis días en París son sólo un recuerdo vago. Cuando preparaba este trayecto desde Barcelona, muchos me dijeron que era peligroso, no recomendable. Desde aquí, os confirmo que en ningún momento nos hemos sentido inseguras. Claro está que la seguridad, muchas veces, depende del comportamiento de uno mismo.

El calor de la ciudad nos abofetea nada más salir de la estación. El bullicio de la plaza es enorme: gente ofreciéndonos sus servicios de taxi, de hoteles, de tour a la gran muralla y sobretodo gente sentada simplemente esperando a que se haga su hora. “¡Esto es China!” le grito a M abriendo los brazos.

No tenemos yuanes chinos. Así que lo primero es localizar un ATM en algún rincón de la plaza. Entramos de nuevo al cobijo de la sombra de la estación. El pequeño recorrido me ha hecho sudar a mares. Tengo todo el pelo mojado y noto como gotas de sudor me bajan por la mejilla.

Consigo sacar dinero con dos de las tres tarjetas que llevo. Conozco el límite que tienen los cajeros a la hora de sacar efectivo, que sumado a la escasa aceptación de tarjeta en hostales y restaurantes, han hecho que tenga muy presente el traer tantas tarjetas de débito como pudiera.

Tengo tanto calor que no quiero ni coger el metro. Así que nos vamos a la fila de taxis y volvemos a espantar las ofertas de taxi de quienes se nos acercan.

El sol es agobiante, pero por suerte la fila de taxis avanza a una buena velocidad. Cuando nos toca, nos piden 200 yuanes por un recorrido que no debe superar los 12 minutos. Me niego a pagar esa cantidad y voy de taxi en taxi intentando rebajar el precio. La mierda de la mafia de los taxis en las estaciones hace que, el mismo que dirige la fila de vehículos, me impida negociar por libre con ellos. Se queda parte de la comisión del trayecto y está claro que con los extranjeros hacen el agosto. Por fin consigo a uno que me baja a 150 yuanes. Todos me dicen que el precio es superior porque nos alojamos en un hutong y las calles son muy estrechas. Estamos las dos tan cansadas y sudadas que finalmente tomamos la opción de los 150 yuanes.

Nos alojamos en uno de los hutongs de la calle Dongsi y el caos de esta zona, que es muy comercial, es evidente. Cuando el taxi llega a la altura del hutong, para y me dice que hemos de ir andando, que las calles son muy estrechas. Me quedo inmóvil sonriéndole y le recuerdo la conversación que hemos tenido hace unos minutos y le espeto a que continúe el camino. Me lo tomo como una venganza contra él. Le añado con sorna que me ha hecho pagar tanto dinero precisamente con la excusa de las calles estrechas. Finalmente, se adviene de mala gana y menos mal, porque es un recorrido un poco largo desde la calle de entrada. Ha de preguntar un par de veces a los lugareños hasta dejarnos en la puerta.

¡Por fin hemos llegado! el hostal es una casa antigua renovada, con la planta distribuida alrededor de un patio central. Lo tienen bien cuidado y han añadido duchas y baños, algo no habitual en estas construcciones. En estas zonas los habitantes acuden a baños y duchas públicas porque no suelen tener agua corriente en el interior de las casas. Año tras año el gobierno destruye estos espacios para convertirlos o bien en restaurantes y cafés para los turistas o bien en edificios altos de moderna construcción. Aún quedan hutongs en la ciudad, pero es una lástima que vayan desapareciendo, puesto que es cómo vivían los auténticos habitantes de Beijing.

Después de poner el aire acondicionado a tope y pegarnos una buena ducha, decidimos explorar el barrio. Son casi las 17h y como no estamos nada lejos del centro andamos hacía la Ciudad Prohibida y la zona del parque de Beihai. Nuestro recorrido pasa por la zona norte del otrora Palacio Imperial. Allí, algunos pescadores tiran, esperanzados, su caña en el foso que lo rodea, fuera de sus murallas, aunque se trata más un pasatiempo deportivo y una excusa para juntarse, que otra cosa.

Visitamos el parque de Beihai con la bella luz del ocaso y andamos en dirección a los lagos, pero no acabamos de llegar. M tiene los pies destrozados y prefiere volver a casa. Yo ya he visitado la ciudad múltiples veces, porque viví en ella 5 meses. En pocos meses podré recuperar las visitas que desee, así que aquí ¡ella manda! Volvemos nuestros pasos habiendo ya anochecido. Las vistas de la Ciudad Prohibida con la puerta norte iluminada son espectaculares.

Hemos llegado a la zona de los hutongs y estamos muy cerca de nuestro hotel. Lamentablemente, al salir, no he cogido ninguna referencia para encontrar el recorrido a la vuelta. La mayoría de hutongs son lineales, pero el nuestro, no. Confluyen varios de ellos y no reconocemos el camino a tomar. Andamos por la zona y entramos en varios de ellos. La noche trae a sus calles, tenderetes de pinchos, jugadores de cartas y damas chinas, y gente tomando el fresco con la panza al aire. hacemos una y otra vez el mismo recorrido, variando varias veces. Paramos a tomarnos un granizado de limón y a tomar un respiro. Son casi las 21.30h y no hay manera de encontrarlo. Preguntamos a los lugareños: unos nos despistan con falsas direcciones y otros simplemente no conocen lo que les damos por escrito. Una de las veces hemos preguntado justo delante de un baño público. La respuesta que nos han dado ha sido unos gestos continuos del estilo: derecha-izquierda-derecha-derecha-izquierda, como si se tratará de marcar un paso militar. No he conseguido memorizar toda la secuencia aunque se la he hecho repetir. De todas maneras, nos dirigimos, con esperanza, hacía la primera indicación. No hemos andado muchos metros cuando vemos que un señor, que he visto lavándose los dientes en un lateral, nos ha seguido y pedido la dirección otra vez. El me da menos indicaciones y mucho más certeras. Así que seguimos el camino que nos marca. Al poco, vemos que nos sigue, me da mí que no tiene muy claro que le hayamos entendido. Al final, acaba acompañándonos hasta la mismísima puerta del hostal.

Seguimos maldiciéndonos por no haber sido suficientemente cuidadosas. Culpamos al calor, al bullicio de la ciudad, al cansancio del viaje, a la improvisación… Sea como sea, esa noche dormimos como angelitos. De hecho, si me acerco a M, puedo ver como se mueven sus alitas cuando se mueve.