Día 83: Yonghehong y el Templo del Cielo

Hoy tenía planeada la Gran Muralla, pero esta noche no ha parado de tronar y llover. Como nos hemos despertado con la misma lluvia y yo, además, tengo mucho sueño, (ayer me quedé hasta tarde escribiendo), acabo negociando con M un cambio de planes. El sueño no me ha quitado el entendimiento y aunque estoy en el umbral que hay entre la consciencia y la inconsciencia, consigo tener claro, las visitas que haremos para el día de hoy.

A la hora del desayuno hablo con la inglesa que llegó ayer por la noche y aunque, a estas alturas, he entendido que es parca en palabras y no le interesa ni lo más mínimo mantener ninguna conversación, hablamos por unos momentos.

Antes de salir miramos con la chica del hostal los billetes para Xi’an. La comisión que me cobran es aceptable y no me apetece hacer el trámite por mi cuenta. Y menos mal, porque no quedan billetes para ninguno de los trenes nocturnos. Acabamos cogiendo un tren de alta velocidad diurno y, por tanto, extiendo una noche más nuestra estancia en Beijing.

Hoy hacemos un par de visitas que también he hecho infinidad de veces, pero con la diferencia de que estas dos no me importa volver a repetirlas una y otra vez.

La mañana la dedicaremos al Templo Lama (Yonghehong). Está visita fue una de las primeras que yo hice al llegar a Beijing y de hecho siempre que tenía visita era la que les recomendaba de ver la tarde de mayor incidencia del jet lag.

El templo huele a incienso en todos sus rincones. El día absolutamente gris, hace que no pueda distinguirse bien la llovizna que cae, del humo que sale de las barritas de incienso depositadas como ofrenda. Lo visitamos, con calma, como el templo se merece. Es el templo budista más famoso fuera del Tíbet y también , por eso, el más visitado. Allí puede verse a los budista, de todas las edades, rezar ante sus Dioses.

A la salida, recorremos la calle llena de puestecitos de venta de incienso y adivinos que leen la buenaventura desde sus pequeñas sillitas. He visto una cafetería que bien nos acogerá por unos minutos. Llevamos ya muchos días que no hemos visto café diferente del soluble y nos apetece mucho el break. Acabamos comiendo unos sándwiches porque ya son las 12 y antes de comer nos vamos a desplazar al templo del Cielo y al mercado de la perla.

Así que en un golpe de metro, nos encaminamos a nuestra segunda visita y llegamos a la puerta sur del templo del Cielo que también he visitado más de media docena de veces.

Por 35 yuanes nos hacemos con la entrada para ver todos los palacetes que conforman el palacio. Pasamos primero por entre multitud de jubilados jugando a las damas chinas, las cartas o bailando. Esto es lo que más me gusta de los chinos: la falta del sentido del ridículo que a los europeos, sobretodo, nos impide disfrutar de muchas cosas que nos da la vida. Me paro junto a ellos y les observo jugar. Tiran sus cartas o mueven sus fichas con fuerza sobre la madera que les sirve de apoyo. Parece que quieren demostrar que están llenos de energía, pese a su edad. Se les ve muy felices y risueños y da gusto pasear entre ellos. Bonny M acompaña a dos señoras que acompasadamente han coreografiado Daddy Cool. A su lado un jubilado espera compañero para jurar al Maghong Chino. Justo cuando llegamos a su altura recibe con gran entusiasmo el ofrecimiento de juego de un transeúnte.

A la salida de nuestra visita, nos acercamos al mercado de la Perla. Yo ya he advertido a M sobre lo que es un mercado de este tipo en China. No dudaba que se agobiaría un montonazo con las vendedoras, así que la visita es corta. El  mercado del juguete que está justo detrás es más calmado de ver y allí si que nos paramos a ver los puestecitos llenos de imitaciones de las grandes consolas y otros juguetes más  clásicos.

Al final, vamos a hacer una comida un poco tardía y casi casi la hemos juntado con la hora de cenar de los chinos, así que bajamos en la estación de metro de Dongzhimen y nos vamos a la Ghost Street a comer un tradicional hot pot. Quiero que M lo pruebe y como hoy han bajado las temperaturas es un día perfecto para escaldarse con el vapor de la olla.

Caminamos por la calle buscando un restaurante que nos guste. Estás muchos de ellos vacíos y como los farolillos aún no están encendidos, la calle no tiene la espectacularidad que tiene cuando oscurece.

Entramos en uno y pedimos hotpot mitad picante y mitad no picante. Le he dicho que solo “un poco” picante, pero mi poco chino me ha servido para oír que cuando han traspasado mi pedido , se han olvidado la palabra “un poco”. He llorado. Ahí lo dejo.

Me he bebido mi bebida de medio litro y la mitad de la de M y luego el botellín de agua que siempre llevo conmigo. A M le costaba pescar los alimentos de la olla y tenía que ir poniéndole piezas en su plato. Al final, se ha sacado un tenedor de plástico del bolso y se ha ayudado de él para pescar la comida, pero aún así era difícil repescar los escurridizos trozos de ternera y verduras.

Hemos salido rodando, pero muy satisfechas de la comida (ambas dos). Estamos a dos paradas de nuestro hostal, así que decidimos caminar por la bulliciosa calle Dongsi, para bajar la comida y airearnos un poco.

Mientras paseábamos por la ciudad, en el hostal nos han hecho la colada y comprado los billetes de tren, así que una ducha, un rato de música, lectura y escritura, dan por finalizado un día redondo. Se me vuelve a hacer tarde porque aún he de recuperar muchas entradas de la excursión del Gobi, pero menos que ayer, así que hoy leeré un poquito que hace dos días que tengo el libro abandonado.