Día 91: Tren de Chengdu a Kunming.

Hoy dejamos Chengdu, pero no pasará hasta las 13h. Así que tenemos todo el tiempo del mundo para arreglarnos y hacer la maleta antes de bajar a desayunar. Los desayunos del hostal son tremendos y nos dejan bien alimentadas hasta bien entrado el día.

Mientras estamos esperando que nos traigan los platos, conocemos a Rose Mary. Es inglesa aunque vivió 20 años en Australia hasta que su marido, al que conoció en África, murió. Lleva casi un año viajando por el sudeste asiático y compagina sus viajes con su trabajo de profesora en Shanghai. Va a contratar un crucero de 5 días y 5 estrellas desde Chongqing. Es curioso, este es el mismo crucero que nuestro amigo, Federico, Francisco…o era Fernando nos habló días atrás en Mongolia, y el mismo que una americana del hostal de Beijing también iba a realizar.

No tengo ni idea de las maravillas que se ven en esta sección del río, así que tendré que googlear para descubrir si vale la pena hacerlo más adelante. Sea como sea, tiene cierta indecisión con algunas particularidades del crucero, así que nos acompaña mientras desayunamos. Yo, cambio de su compañía, le ayudo a tomar algunas decisiones. Ella lo agradece como si le hubiera solucionado la vida, aunque lo único que hecho es reafirmarle lo que ella ya sabía que tenía que hacer.

Entre maletas y conversaciones hemos agotado el tiempo que teníamos. Somos de las que nos gusta ir temprano a los sitios y más cuando no sabemos a ciencia cierta el tiempo que tardamos en cubrir la distancia que nos separa de un punto a otro.

En metro nos deja en la misma estación, así que nos aventuramos a cogerlo. Allí, en la sala de espera hay mucha gente que regresa a casa después del Dragon Boat  Festival. Hay muchísimos viajeros de zonas rurales que nos miran con curiosidad. Somos las únicas occidentales en la sala de espera.

Delante nuestro tres hermanos que aunque tienen diferentes edades, son a imagen y semejanza de la señora que los acompaña, se pelean correteando por entre los equipajes y viajeros. Me explicaron que lo de la política del hijo único tiene el inconveniente, además otros contras entre los que se encuentran la falta de libertad de elección,  de que en el campo se necesitan manos con las que trabajar y que por tanto lo que acaba pasando es que sólo se registra al primer hijo, quedando normalmente los consiguientes sin atención médica, ni escolarización puesto que no existen para el sistema.

El tren al que subimos, es muy nuevo. Transmite una luz y claridad característica de todo aquello que aún no ha sucumbido al paso de los años. Se ve en las cortinas, las mesas y la moqueta. Compartimos camarote con un par de chavales que viajan en grupo, aunque como van en dos compartimentos diferentes, acabarán cambiando uno de los lugares con una viajera embarazada que acaba compartiendo el reducido espacio con nosotras. Uno de ellos enseguida nos pregunta de dónde somos y al oír España, sólo sabe hablar de Messi y indicarme que es el número 1 en lo suyo. Le enseño orgullosa mi camiseta de la Universidad de Barcelona que hoy llevo puesta. Le pregunto si sabe inglés y me dice avergonzado que no, pero aún así se le ve con ganas de hablar y antes de  proceder al cambio de camarote y que se enzarce en una timba de cartas que durará todo el trayecto, consigo intercambiar algo de información con él.

El viaje es tranquilo. La chica embarazada no habla, tan apenas. Se acaricia la barriga, un claro gesto de protección y cariño, que he visto hacer a todas las madres embarazadas que he conocido.  Las únicas palabras que cruza con nostras son para preguntar dónde debe tirar la comida que o ha consumido. Me ha visto desaparecer con nuestros restos a mí y no encuentra la papelera. Está vez es M la más rápida en descifrar su incógnita, os aseguro que yo sólo entendía que hablaba de comida y nada más, pero es M quién ha conseguido descifrar su lenguaje corporal y la ha ayudado con su dilema.

El paisaje es precioso. Nos cuesta concentrarnos en la lectura. Bordeamos un río de aguas más bien terrosas. La mayoría de puentes que ayudan a cruzar a los lugareños de un lado a otro de ese río son colgantes y los vemos balancearse peligrosamente bajo el andar de alguno de sus ocupantes.

Pasamos por varias fundiciones. Los hangares están semi abiertos y puede verse el naranja del fuego y chispas saltando por los aires, que contrasta con los colores del paisaje. Nos sentimos muy afortunadas de no haber tenido una restricción de tiempo para poder hacer gran parte del recorrido en tren. Me atrevo a aventurar que quién no ha viajado en tren en China, se ha perdido ver una parte del país que merece la pena ver, aunque sea a través de una ventanilla semi-limpia a 200 km/h.