Día 97: Tiantou, los campos de arroz

Esta noche no he dormido nada. La cantidad de veces que he mirado la hora en el despertador y la hora que era cada vez, me hace pensar que qué narices pasaba por mi cabeza para no  dormir ni un poquito.  Así que me levanto mucho más cansada de lo que ya viene siendo últimamente.

Hemos de coger a las 8.30 un autobús frente a la estación de tren, pero además de eso aprovecharé para acercarme a las taquillas a comprar por mi cuenta los billetes para dentro de unos días. Son para el que será nuestro último desplazamiento en tren: Guilin-Shenzen.

Bajamos a las 7 a desayunar, dejar una de las maletas a recaudo del hostal y hacer el check-out. Pero como, de hecho,  aún quedan unos minutos, la recepción está aún a oscuras. Sólo hay un huésped con su ordenador en silencio en medio de la sala.

Esperamos sentadas actualizando el correo y mensajería, hasta que unos golpecitos en la puerta de entrada pidiendo paso, nos hacen levantar la cabeza de nuestras pantallas. De un rincón de la sala, sale un señor que dormía allí acurrucado y abre la puerta. Pedimos un par de buenos desayunos para empezar bien el día y enseguida que acabamos nos montamos en un taxi camino hacia la estación de tren.

Aparco a M en un rinconcito con las maletas. Lo primero que quiero hacer es comprar los billetes de nuestro último recorrido en tren, Guilin-Shenzen, así que me dirijo a las taquillas con mi libretita  con el recorrido, clase y tren apuntado en chino. No tengo demasiados problemas y tampoco he encontrado mucha cola por ser una hora temprana.

Salgo toda ufana de la estación, no me puedo creer que sólo hayan sido 10 minutos escasos. A la vuelta busco en el parking la matrícula de la furgoneta que  me han adelantado será nuestro autobús hasta el pueblo de Dazhai, en la zona de Longshen. La encuentro, sorprendentemente, muy cerca de dónde estamos, y como me quedo parada delante de ella buscando con el dedo en mi teléfono, los tres hombres que están cerca de ésta empiezan a ofrecerme sus servicios. Me lleva un tiempo encontrar lo que busco, a veces mi teléfono es perezoso cuando más lo necesito. Resulta que desde el hostal me han mandado también una foto del conductor delante de la furgoneta, para asegurarse que no me toman el pelo y les roban la clientela. Así, que cuando encuentro su foto se la enseño a los tres hombres señalando a un cuarto que jugaba despistado con alguna cosa que estaba en el suelo y he reconocido como el de la foto. Los tres hombres se ríen y señalan a su cuarto compañero que se siente por momentos apabullado y no sabe qué pasa. Le enseño su misma foto y le digo que se espere, que voy a buscar a otra persona.

Vuelvo con M y enseguida ocupamos dos de los asientos de la furgoneta. Nos hacemos con  la propiedad temporal de un abanico que nos ofrece el conductor. Es temprano, pero la humedad de Guilin aprieta. A M la acobarda el calor y como le tengo medio prohibido repetir hasta la saciedad “¡qué calor!, ¡qué calor!, ¡qué calor!!!”, acaba exclamando ¡Qué frío!, ¡qué frío!, ¡que frío!..que es lo que hemos acordado que debe decir a su cerebro.

Poco a poco van viniendo nuestros compañeros de trayecto. En total se añaden 6 chinos y una holandesa, Sarah. El camino hasta las terrazas, en nuestra pequeña furgoneta, nos lleva cerca de las 2 horas y media. Por el camino, paramos a comprar la entrada al parque (80 yuanes) y algo más tarde, en un puesto de control de tickets.

La furgoneta sólo puede llevarnos hasta las faldas de la montaña. A unos escasos kilómetros de la villa de Dazahi. M y yo llevamos en mi mochila lo necesario y hemos dejado en el hostal su maleta

Yo ya me conozco el percal de la subida, así que no les cuesta mucho convencerme de que a cambio de unos kuays me lleven la maleta. Les regateo a la baja la subida a 35 CNY, y  una señora híper mayor se enfunda mi mochila. Al poco de salir, se queja de que pesa mucho y la verdad es que tiene razón. Yo ya me he acostumbrado a llevar a la espalda cerca de los 20 kilos y cuando no llevo eso, llevo casi 4 en la mochila pequeña. Al poco, le cede el testigo a un hombre. La verdad es que me alegro, porque aunque ellas están acostumbradas a ello, da un poquillo de cosa que te lleven tus trastos ellas.

Cualquier caminata a esas horas del día es, ya de por sí, tediosa porque el sol está alto. Pero si a eso le sumamos un caminito de baldositas que se mueven, un día con mucha humedad y una colina que subir, os podéis imaginar qué bien nos lo hemos pasado. Yo miraba a M y por momentos, pensaba que le iba a dar un sincope allí mismo.

¡Qué frío!, ¡qué frío!, ¡que frío!.

Hemos parado cuantas veces ha sido necesario. He compartido mi agua con el porteador, quien me ha sonreído muy agradecido. M metía una toalla en los campos de arroz para refrescarse los brazos y el cogote y la valiente Sarah ha subido su mochila como una campeona todo el camino.

Creo que hemos estado subiendo cerca de una hora. Yo he llegado con el porteador al hostal en el primer turno. Le he pagado más de lo que había pactado y le he invitado a una cerveza. La verdad es que se lo ha ganado y hay a veces que no es justo regatearles un par de euros.

Bajo a buscar a M y a Sarah que se han quedado un poco más abajo sentadas. M está tan colorada que parece que va a estallar. Todas estamos chorreando y sólo tenemos ganas de ducharnos y beber algo fresco.

Finalmente estamos en el hostal y no hay discusión que lo que toca es rellenar los estómagos de agua fría, tomarse una buena ducha y descansar. Tenemos unas vistas de los campos de arroz desde nuestra habitación que quitan el hipo.

En ese merecido descanso, desde la cama, veo que un pequeño ratón sale por un agujero del techo. Es gris  y pequeño, así que lo encuentro muy mono. No oculto mi descubrimiento a M y ésta me maldice por hacerlo. De todas maneras mi voz ha hecho volver a nuestro inquilino, por el mismo camino por el que ha venido, con lo que dejo de preocuparme por él.

Cuando está a punto de caer el sol, M y yo enfilamos hacia un punto escénico, el llamado Número 1, Música del Paraíso. Queremos ver allí la bajada del sol. Es el  punto más cercano a nuestro hostal, a unos 40 minutos, y  cómo intuyo que M no va a hacer más caminatas conmigo, será mejor dejarlo hecho desde el primer momento.

Subimos de forma más o menos ágil, acompañadas por mosquitos, cucarachas, dragones voladores de muchos colores, ranas y un montón de bichos vivientes.  No somos, por supuesto, las únicas humanas que hemos ido allí con tal propósito, pero sí las más altas y guapas 😉

Nos relajamos viendo la caída del sol reponiéndonos de la subida. Mmmmmm yo creo que es posible saborear la calma que se respira ahí arriba. Los campos son una construcción claramente humana, aprovechando las caprichosas colinas naturales, pero la verdad es que es de aquellas escenas en las que la mano del hombre ha hecho, hasta ahora, algo que merece la pena de ver. Añado el hasta ahora porque ya se empieza a ver sobreexplotado. La aparición de un cable para ir a alguno de los puntos escénicos es nuevo de hace unos meses y por ello, dadle tiempo al tiempo, que todo ese escenario desaparecerá en unos años.

Bajamos en silencio por dónde hemos venido. Nos paramos en un hotel a cenar, no es el nuestro, pero aquí en todos los sitios se come más o menos igual. Vemos aparecer a Sarah para hacer una foto del paisaje. Se aloja al lado mismo y se une a nosotras en la cena.

Acabamos regresando, linterna en mano, a nuestro hotel. Ya quedan pocos lugareños vagando por los caminos.

Una vez de vuelta y desde nuestra cama, podemos oír el concierto de los grillos y ranas de los campos. Me imagino a cientos o quizás miles de estos animalitos que durante el día se quedan agazapados en una planta de arroz, saliendo en cuanto la oscura noche les protege. Sólo imaginarlo me entra un pequeño escalofrío.