Día 98: 2,1,3.

He dormido bien esta noche. No he tenido calor y considero que la temperatura era perfecta. Algo absolutamente remarcable después de los sudores que ayer tuvimos. A la hora de la cena, quedé con Sarah para salir a caminar hoy. Lo hacemos pronto para evitar el sol y los sudores.

Pese a lo escrito en la primera línea del anterior párrafo, me levanto a las 6. Tengo la esperanza de que en el hostal estén levantados bien pronto y puedan hacerme un buen desayuno. Pero no tengo tanta suerte, es demasiado pronto para ello. De todas maneras ya a estas horas , las mujeres Yao me intentan vender suvenires y he de huir del hostal como sea. Así que enfilo el camino hacía el punto de encuentro con Sarah y aunque lego 10 minutos antes la encuentro fuera esperando.

Iniciamos una caminata que resultará de un total de 5 horas y media. Vamos el punto escénico número 2, las mil capas (aunque mejor sería decir “escaleras”) hasta el cielo,  de ahí bajamos al pueblo de Dazahi. De allí, volveremos a subir hasta el punto número 3, el Pico del Buddha de Oro. Sabemos que hay un camino llamémosle “clandestino” entre el punto número 3 y el punto número 1, Música del Paraíso. Digo clandestino porque Sarah me cuenta que en el mapa de su hostal el camino está lleno de cruces indicando, posiblemente, que no debe considerarse como tal. En el mío ni se han molestado en dibujarlo. De todas maneras, vamos a intentar encontrarlo.

Desde el punto número 3, preguntamos a un señor que tala las ramas de un árbol desde el tejado de su casa. Enseguida nos hemos hecho entender y nos indica un camino que rodea su hogar y nos empieza a hacer las señales de cómo proceder después en los cruces. Nosotras nos hemos quedado sólo con la primera parte, pero enfilamos con valentía por el pequeño sendero. A partir de entonces, subiremos por caminos de tierra, escalaremos por pequeñas rocas y atravesaremos múltiples riachuelos. El camino no es fácil y hemos de parar a descansar varias veces. Es fácil resbalarse si vas cansada y el calor que hace llama a gritos mojarse un poco los brazos y la nuca de tanto en cuanto.

Nos equivocamos un par de veces en la elección del camino. Por suerte, al poco de enfilarlo, en ambas ocasiones, hemos encontrado un lugareño que, aunque sorprendidos por vernos por allí, han acabado indicando o guiándonos hacía el camino correcto. Pasamos literalmente por en medio de los campos de arroz, con lo que nos parece a ambas que bien ha merecido la pena el camino. Los últimos metros nos resultan pesados de ascender. Seguramente es porque podemos ver, a lo lejos, nuestra meta y yo por lo menos, no dejo de visualizar en mi cabeza una bebida muy fría como recompensa.

Así lo hacemos. Una vez llegamos a nuestro destino nada nos aparta de sentarnos en la terraza de uno de los hoteles de allí y tomar algo bien fresquito. Nos quedamos  un buen rato allí charlando y contemplando el paisaje que nos hemos ganado con creces.

De vuelta al hostal son casi las 14h . M estaba a punto de bajar a comer, pero espera a que me pegue una buena ducha y bajamos juntas. Nos echamos una buena siesta después de la comida.  Justo cuando yo me despierto y alzo la vista puedo ver cómo, nuevamente, un ratoncito baja por el agujero. Enseguida le hago ruido para que vuelva a subir, pero no han pasado ni 5 minutos que el ratón baja de nuevo y esta vez con un compañero. Apresuro nuevamente a los ratones a subir por dónde han venido, uno lo hace, pero el otro se queda acurrucadito detrás de la cortina. M está paralizada, así que bajo a buscar al chico del hostal para que ejerza de héroe salvador. Está haciendo el check-in en ese momento de un grupo de americanos, así que le digo simplemente que suba a la habitación en cuanto pueda.

En cuanto sube, pega un manotazo al ratón que ha quedado en la cortina. Éste queda atontado y lo veo salir disparado por la habitación. La verdad es que no lo encontramos y buscamos y buscamos. Él y yo nos arrodillamos y con la ayuda de nuestros móviles iluminamos cualquier oscuro rincón de la habitación. Quizás se ha ido por la ventana ya que la tenemos semi abierta.

Tanta es mi insistencia para que busquemos más que al final nos ha traído un gatito cogido por la espalda. El gatito, color blanco y canela, por lo que parece, ha de hacer de aspirador de ratones y salvador de damiselas. Pero es tan diminuto que casi parece un llavero más que un gato. Además no ayuda que el gatito nos mire con esos ojos de “¿qué hago yo aquí con lo calentito que estaba durmiendo en la ropa recién planchada?”

El gato ha correteado  por debajo la cama y se ha atusado las uñas en la madera. Pero lo que es cazar a un ratón, pues no lo ha hecho. M y yo miramos divertidas la situación desde una esquina de la habitación porque los suaves maullidos del gato nos producen mucha ternura.

El maldito roedor no sale por ninguna parte y acabamos abandonando la idea de encontrarlo. Nos auto convencemos todos que se ha metido por otro agujero y está pululando por otro rincón del hotel.

Bajamos a cenar y nos quedamos sentadas en el fresco de la noche. Fu, el chico del hotel, nos invita a un par de cervezas. Posiblemente agradece que no le hayamos montado un gran numerito delante de los otros huéspedes.

Se ha acabado un día más en nuestras vidas, y en este viaje. Otro que hemos disfrutado a tope. (¡Vaya suerte poder decir esto!)