Instalada en Beijing

En breve va a hacer casi un mes que volví a pisar por tercera vez Beijing. Esta vez, en sólo unas horas, realicé el recorrido que, hace tan sólo unos meses, resultó una gran experiencia que duró semanas.

La llegada a la capital de China fue temprana, poco más de las 5 de la mañana. Aún así, el atasco que sufrimos desde el aeropuerto hasta UIBE fue colosal. Mi taxi tuvo suerte. A la fuerza tuvimos que negociar un precio con suplemento. Es decir, que no conseguimos que nos pusiera el taxímetro, por lo que acabamos pagando unos yuanes de más. Por este motivo, nuestro conductor decidió que la carrera sólo le salía a cuenta si no se metía en el atasco. El resultado: circulamos por el arcén mientras el resto de coches esperaban pacientemente su turno de circulación en la calzada. ¡Bienvenidos a Beijing!

Una vez en UIBE nos asignaron las casas en el orden de registro. Mi compañera por todo este año es Bea, de Zaragoza. Bea tiene un gran sentido del humor y a mí me encanta reírme, así que preveo que será una buena joint-venture para nuestra estancia en China.

Los primeros días los dedicamos, entre otras cosas, a instalarnos en lo que serán nuestras casas en los próximos meses. Compramos los mínimos utensilios básicos del hogar, pero aún así, nos da la sensación de estar todo el día comprando. El cansancio del jet lag se irá evaporando con los días, pero las primeras conversaciones en común consisten en saber cómo hemos pasado las noches. Pese al cansancio de los primeros días, exploramos el barrio. Contamos con la ayuda de una becaria del año anterior y eso nos lo hace mucho más fácil. Cada día hacemos un trocito y aprovechamos para atiborrarla de todas las preguntas que nos llegan a la cabeza sobre la vida en UIBE y en Beijing. Entramos en todos los super mercados, grandes y pequeños, que vemos en el barrio, para comparar precios y productos. Aún así ya vemos que echaremos de menos algunos manjares a los que estamos habituados.

La primera semana está llena de trámites.Lo primero es que toca registrarse en la Universidad, hacer las pruebas de nivel de chino y comprar el material “escolar“. El paso por los diferentes tenderetes de la universidad para tramitar la matrícula es largo aunque rápido. El enlace de la Fundación ICO (FICO) en Beijing nos ha hecho madrugar, así que, gracias a eso, hemos evitado las grandes colas que vemos formarse a nuestra salida. El último paso es una prueba de nivel para conocer en qué clase seremos asignados. Mi prueba es rápida. Acabo en el nivel más bajo. No sé escribir ni leer. Así que, por primera vez en la vida, me doy cuenta que, en China, cumplo al pié de la letra la definición de analfabeta. Va a ser todo un reto para mí, porque mi memoria de pez es algo épica. Mis compañeros se defienden todos mucho más que yo, así que seguramente podré aprender de ellos si les observo y pregunto.

Durante estos primeros días, dedicamos también una mañana a ir al consulado Español a registrarnos como residentes en la ciudad. Un trámite absolutamente necesario si resides por un tiempo en otro país. Además, paralelamente, iniciamos los trámites de homologación de pruebas médicas a través del enlace de FICO . Algo indispensable para obtener el visado de residente en Beijing.

Las primeras clases de chino son difíciles. El ritmo es rápido y son demasiados inputs a la vez. Por suerte, conozco el vocabulario básico y dedico mi tiempo sobre todo a aprender los hanzis del vocabulario, algo que tampoco es que me resulte fácil.

En mis primeros días conozco a Alberto, un italiano que pronto tirará la toalla y dejará las clases de intensivo para pasarse al ritmo normal, y así poder disfrutar de algunas horas de más ocio. Aún así ,continuaremos coincidiendo de tanto en tanto por los pasillos y hablando de la vida en la ciudad.

He resultado ser la mayor de la clase. Y eso se nota en algunas cosas. Me cuesta arrancar a la gente de sus pantallitas de móvil en los descansos para hablar y la mayoría de ellos vienen a clase para dormir las horas que, la juerga del día anterior, les ha robado. Los “mayores” acabamos pasando la mayor parte del tiempo charlando en los descansos y esta es la causa de cómo Everton, un médico de Brasil afincado en Londres, acaba dándome clase de Taichí en las pausas largas y en el propio pasillo de la Universidad. Ni a él ni a mí nos importa demasiado las miradas curiosas de nuestros compañeros mientras nos ejercitamos e incluso conseguimos que de tanto en cuanto se nos úna alguna profesora o algún estudiante curioso de aprender algo más de esta actividad. Acabamos realizando los ejercicios prácticamente cada día, aunque alguno nos los saltamos en beneficio de algún sucedáneo de café de esos que nos sirven en la cuarta planta.

Habiendo finalizado la tercera semana de clase, me alegro mucho de haber escogido la opción de intensivo en el aprendizaje de chino. Aún empezando de cero. En tres semanas soy capaz de leer pequeños textos escritos sólo con caracteres, algo de lo que no me hubiera creído capaz en tan poco tiempo. El esfuerzo diario que supone el ritmo es grandioso y hasta que me habitúo al ritmo y encuentro mi método de estudio, voy algo cansada. !Pero sarna con gusto no pica! Acabo usando como base el libro de Pedro Ceinós, Manual de Escritura de los carácteres chinos. Un libro que acabé dejando fuera de la maleta en el último momento. Lo compré más por curiosidad que por otra cosa después de que en mi primera estancia en China, coincidieramos con el autor en el viaje que realizamos al Tibet. Por suerte varios becarios han traído un ejemplar con ellos y puedo sacar unas fotocopias para estudiar.

Las primeras semanas ha costado sacar un poco de tiempo para todo, y el blog ha quedado resentido. Pero ahora que ya tengo un poco el ritmo cogido, espero poder escribir a un ritmo habitual. ¡Lo prometo!!